La historia entre Videla y Hartridge comenzó a mediados de los años 40 en El Trapiche, San Luis, en un entorno de veraneos prolongados, familias conocidas y vínculos sociales cerrados. Él, joven subteniente del Ejército, iniciaba su carrera; ella, inserta en un círculo donde el apellido y las formas marcaban el rumbo, se movía con naturalidad.

El noviazgo siguió un guion rígido: visitas pautadas en la casa de Morón, horarios estrictos y permisos familiares. Videla llegaba temprano, hablaba primero con los hombres de la casa y recién después veía a Alicia. Todo bajo reglas precisas: salidas autorizadas y regreso a horario. La escena reflejaba una lógica de época en la que incluso lo afectivo estaba regulado.

En ese contexto, una figura clave fue la tía Lacoste, quien había participado en la crianza de Alicia tras la muerte de su madre. Sin rodeos, cuestionaba la elección: “¿Te vas a casar con un muchacho tan feo?”. La respuesta se repetía: “Yo lo quiero”. Una síntesis del mandato social: más allá de lo personal, importaban el origen y la proyección.

El vínculo se formalizó el 7 de abril de 1948, tras el pedido oficial presentado por Videla meses antes. El matrimonio no solo consolidó una relación, sino que también funcionó como puente social: para el joven militar implicó el ingreso a un círculo más alto, vinculado a familias tradicionales.

Durante décadas, construyeron una imagen de orden y rutina. Vivieron en Hurlingham durante 15 años, donde Alicia organizaba la vida doméstica con precisión. Misas dominicales, horarios invariables y una vida social discreta reforzaban una identidad pública basada en la austeridad y la religiosidad. Tuvieron siete hijos; uno de ellos padeció trastornos mentales, un dato poco difundido que también formó parte de la intimidad familiar.

Tras el golpe de Estado en Argentina de 1976, esa normalidad adquirió otra dimensión. Mientras se desplegaba la represión ilegal, testimonios de la época señalan que, ante pedidos de ayuda de allegados o vecinos, la respuesta de Alicia era el silencio. La cordialidad encontraba un límite claro en la lógica de la “seguridad nacional”.

Convertida en Primera Dama, su llegada a la residencia de Olivos no fue inmediata. Alicia Hartridge de Videla expresó un fuerte rechazo hacia Eva Perón. Ya instalada, lo que siguió no rompió con nada de lo anterior: caridad clásica, bajo perfil y austeridad como marca. Almuerzos a beneficio, apariciones medidas y relaciones con ese círculo social que leía en ella una vuelta al orden. Nada improvisado. Más bien lo contrario: una normalidad sostenida con precisión, incluso en el poder.

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