Pedro Eugenio Aramburu, expresidente de facto y símbolo del antiperonismo militar, fue secuestrado y asesinado en 1970 por Montoneros en lo que se conoció como la “Operación Pindapoy”. La historia oficial selló que fue fusilado tras un juicio revolucionario. Pero, a 55 años del hallazgo de su cuerpo en Timote, el escritor Alejandro Tarruella sostiene otra versión: que Aramburu ya estaba muerto antes del fusilamiento simulado.

Tarruella, periodista y militante en aquellos años, fue un testigo involuntario. Con 20 años, prestó una carpa que terminó siendo utilizada para envolver el cadáver del general. Ese episodio marcó su vida. El silencio, impuesto por el miedo y por el peso de los secretos de Estado, se volvió una carga que arrastró durante décadas.
“Era un secreto del que fui parte involuntaria —explica—. El cadáver fue entregado en Villa Domínico, no en el lugar donde supuestamente lo fusilaron. La versión oficial fue una puesta en escena aceptada tanto por Montoneros como por el gobierno de Onganía”.
Durante años, Tarruella recopiló documentos, notas de diarios, revistas y libros, además de entrevistar a testigos. El resultado fue una novela: Las dos muertes de Aramburu, donde ficciona los hechos con un protagonista, Lisandro, su álter ego. A través de él, plantea preguntas que aún resuenan: ¿Puede alguien cargar con un secreto que cambia el curso de la historia? ¿Cuánta verdad hay en lo que recordamos?
“La novela me permitió darle forma a lo vivido. La ficción, a veces, se acerca más a la verdad que los relatos oficiales. Como decía Umberto Eco, la novela deja al lector un espacio de ambigüedad. No afirmo con certeza cómo murió Aramburu, pero ofrezco una mirada que invita a cuestionar lo que se dio por sentado”.
El autor sostiene que el asesinato de Aramburu no fue un crimen político, sino una jugada para frenar un posible regreso de Perón, quien venía con una nueva estrategia: integrar al peronismo a un frente amplio en el sistema democrático. “Si Aramburu estaba promoviendo una unidad nacional, tanto Montoneros como el régimen militar necesitaban eliminarlo”, plantea.
La idea de una “guerra civil” fue, según Tarruella, una construcción que benefició a ambos bandos enfrentados. “No fue una guerra, fue una cacería. Y la versión del fusilamiento ayudó a montar esa narrativa”, denuncia. Los responsables del secuestro y asesinato, en su mayoría, fueron asesinados o se exiliaron.
La novela también interpela al presente. Tarruella, que sufrió persecuciones durante las dictaduras de Onganía y Videla, reflexiona sobre la juventud actual: “No es indiferente, pero no se la escucha. Se opina más sobre ella que lo que se sabe”.
Las dos muertes de Aramburu no es una investigación tradicional, sino una obra literaria que se atreve a imaginar verdades ocultas. Una reconstrucción desde la memoria, la ficción y la experiencia personal. “La verdad no se alcanza, apenas podemos rozar lo verosímil —dice Tarruella—. Pero compartir una historia también puede ser un acto de justicia”.
Y en ese intento, la novela se convierte en una pieza más del rompecabezas de la historia argentina: una que muestra cómo las versiones oficiales, los silencios, los intereses y las traiciones también escriben —y reescriben— el pasado.






