La elección presidencial brasileña de 2022 dejó una imagen que parecía definitiva: Lula da Silva se impuso a Jair Bolsonaro por apenas 1,8 puntos porcentuales, una diferencia mínima que contradijo los pronósticos de la mayoría de las encuestas y confirmó la profunda división política del país. Sin embargo, en la primera vuelta celebrada el domingo pasado, esa diferencia se invirtió casi exactamente en la misma magnitud, lo que demuestra que el equilibrio entre ambos bloques políticos sigue intacto.
Más significativo que los porcentajes es el dato político de fondo. Tanto Lula como el heredero electoral del bolsonarismo perdieron millones de votos respecto de 2022. El actual presidente perdió alrededor de 6,4 millones de sufragios, mientras que el candidato identificado con Bolsonaro obtuvo unos 2,1 millones menos que los cosechados entonces por su padre.
Tampoco hubo una movilización excepcional del electorado: la participación apenas descendió medio punto porcentual respecto del balotaje de 2022.
Brasil se parece cada vez más a la Argentina en un aspecto fundamental: ambas sociedades están divididas en dos bloques que se observan con desconfianza y hostilidad.
Sin embargo, las similitudes terminan en el plano político. Mientras el Gobierno de Lula mantiene una fuerte intervención estatal, protege a la industria y sostiene políticas sociales como Bolsa Família, la administración de Javier Milei apuesta por la reducción del Estado y la desregulación económica. Son caminos distintos para enfrentar problemas similares.
Los indicadores económicos brasileños no son desfavorables: un crecimiento superior al 3 % y una inflación cercana al 5 %. Sin embargo, estos datos no alcanzan para disipar el malestar social. El encarecimiento del costo de vida, la pérdida del poder adquisitivo y el elevado endeudamiento de las familias erosionan el respaldo al oficialismo.
En cuanto a la promesa de garantizar tres comidas diarias, formulada por Lula, una parte de la sociedad sigue considerando que ese objetivo está lejos de haberse cumplido.
Las primeras encuestas para el balotaje revelan, además, una fractura cultural. Lula conserva una ventaja entre las mujeres, los jóvenes y los ciudadanos con mayor nivel educativo. El bolsonarismo, en cambio, predomina entre los varones, las personas mayores y los sectores con menor nivel de instrucción.
Dos electorados, dos visiones del país y una misma dificultad: cómo gobernar cuando la mitad de la sociedad considera que la otra mitad representa una amenaza.






