El gobierno de Javier Milei atraviesa el momento más delicado desde su asunción. Ya no se trata solo de la crisis económica que golpea a la mayoría de los argentinos, ni del derrumbe político en las urnas, como ocurrió en Corrientes, donde La Libertad Avanza quedó en cuarto lugar. Ahora, un escándalo de corrupción que rodea a la Casa Rosada amenaza con desnudar la cara más cruda del proyecto libertario.

Los audios filtrados de Karina Milei —mano derecha y guardiana del poder presidencial— junto con los del operador Diego Spagnuolo, exhiben un entramado de favores, negociados y vínculos con sectores del poder económico y político que, en teoría, este gobierno venía a combatir. Lo más inquietante no es solo lo que dicen esas conversaciones, sino lo que revelan: que la corrupción no es una calle de un solo sentido, como insisten los discursos moralistas, sino una avenida de doble mano. El que ofrece y el que recibe.

Lejos de brindar explicaciones, el oficialismo eligió un camino peligroso: el de la censura. El vocero Manuel Adorni anunció, con bombos y platillos, una cautelar judicial que prohíbe la difusión de los audios. Un fallo exprés que pretende ponerle mordaza al periodismo, persiguiendo a comunicadores como Jorge Rial y Mauro Federico, e incluso amenazando con allanamientos a medios digitales. Todo bajo el paraguas de una supuesta “operación de inteligencia ilegal” que —según el relato libertario— busca desestabilizar al gobierno en plena campaña bonaerense.

Pero la estrategia del silencio revela más miedo que fortaleza. Porque lo que hoy se discute no es un tecnicismo jurídico sobre filtraciones ilegales, sino la trama de poder que quedó expuesta. El “partido de la transparencia” aparece atrapado en los mismos vicios de las viejas castas que juró dinamitar. Y lo hace de la peor manera: mezclando negocios oscuros con la pretensión de callar a la prensa y blindarse judicialmente.

En el fondo, este episodio confirma algo que los argentinos sabemos de memoria: la corrupción nunca es patrimonio exclusivo de un signo político. Siempre hay empresarios, banqueros, consultoras y operadores que participan activamente de ese circuito. Son ellos los que hoy también quedan salpicados en esta madeja de audios, nombres y favores que recorren los pasillos de la Casa Rosada.

A pocas semanas de las elecciones en Buenos Aires, el libertarismo enfrenta una paradoja letal: quiso instalar que el enemigo era “la casta”, pero terminó devorado por las mismas prácticas que decía combatir. Y, en lugar de dar la cara, eligió el atajo de la censura.

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