La historia reciente de nuestra región demuestra una regla tan vieja como peligrosa: cuando Estados Unidos necesita justificar su industria militar o reposicionar su influencia geopolítica, genera tensiones donde no las hay y agrava las que existen. No es nuevo; hace más de medio siglo que opera con el mismo libreto. Lo que sorprende es que, mientras Venezuela intenta mantenerse en pie, es Argentina la que parece entregarse mansamente, como si no hubiera aprendido nada de su propia historia.

El cierre “unilateral” del espacio aéreo venezolano anunciado por Donald Trump no es un gesto aislado: forma parte de una escalada calculada, que incluye la instalación de radares en el Caribe, operaciones de vigilancia ampliadas y un discurso que presenta a la región como territorio inestable.

Hoy el blanco es Venezuela. Mañana, si el tablero lo obliga, serán Colombia, México o Cuba. La lógica es simple: si no hay conflicto, se inventa; si existe tensión, se amplifica. La fabricación de amenazas externas ha sido siempre el combustible del mayor negocio norteamericano: la industria bélica.

Mientras tanto, Venezuela sigue funcionando. Sus aeropuertos operan, sus vuelos entran y salen, y su gobierno, con todas sus contradicciones, reclama soberanía frente a una potencia que “insólitamente” intenta dar órdenes sobre cielos ajenos.

La pregunta que debería inquietarnos es otra: ¿por qué Argentina, con su tradición diplomática, su historia de no alineación automática y su identidad pacífica, elige callar o agachar la cabeza justo cuando la región necesita firmeza? No se trata de simpatías ideológicas; se trata de defender un principio básico: ningún país extranjero puede dictarles a los pueblos sudamericanos cómo volar, cómo comerciar o cómo decidir su futuro.

Sudamérica no necesita más fuego externo. Necesita tranquilidad, diálogo y una política exterior que piense en los intereses de su gente, no en la conveniencia de las potencias. La región ya ha sido campo de maniobras demasiadas veces. Y si no defendemos nuestra soberanía continental, otros van a seguir escribiendo la historia en nuestro nombre-

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