Por Roberto Chuchuy

Los historiadores suelen hurgar en el pasado para determinar el día y la hora en que se tomó la decisión de deponer a Isabel Perón. En el Ejército, la idea fue madurando con el paso de las semanas, tras la asunción de Jorge Rafael Videla como comandante del Ejército, en agosto de 1975.

La conspiración tuvo dos niveles muy bien definidos: uno con la ayuda de asesores civiles; mientras tanto, en el ámbito estrictamente castrense, se tejía un entramado de directivas destinadas a llevar adelante una represalia mayúscula.

Nadie pudo imaginar lo que se estaba tramando. Años más tarde, el expresidente Raúl Alfonsín declaró que pensaba que la respuesta militar a la subversión no sería tan brutal.

En las reuniones del Ejército se fueron analizando distintas alternativas para enfrentar la evolución de los acontecimientos. En una de esas reuniones, el 6 de noviembre de 1975, presidida por Videla, quedó anotado en una de las libretas de apuntes del general Albano Harguindeguy —por entonces subcomandante del poderoso Primer Cuerpo de Ejército— las cinco alternativas que estudiaba la fuerza:

ACTITUD DE LA FUERZA: CURSOS DE ACCIÓN POSIBLES

Mantener actitud de prescindencia política de la Fuerza.
Bordaberrización del proceso.
Alejamiento de Isabel por un interinato de Luder para crear un poder real.
Renuncia —ley de acefalía— y facilitar un poder real.
Tomar el poder por parte de las Fuerzas Armadas.
Tres hechos de características armadas paralizaron la vida de los argentinos en diciembre de 1975, aportando dramatismo y conmoción. La guerra civil de la que hablaban unos y otros estaba en su momento culminante.

El lunes 29 de diciembre de 1975, el vicario castrense, monseñor Servando Tortolo, visitó a Isabel Perón. Conversaron a solas. En esa ocasión, “le habría transmitido a la señora de Perón la insistencia de los tres comandantes en jefe para que ella se alejara del poder”. Isabel le propuso un cambio de gabinete y quitarle poder a Lorenzo Miguel. Los tres comandantes generales, a través de Tortolo, replicaron que su propia remoción del poder era el único punto no negociable. (Informe N° 08456 de la embajada de los Estados Unidos).

El costo de vida aumentó un 14 % en enero y tocó el 20 % en febrero. El aumento salarial del 18 %, con un mínimo de 150.000 pesos, que otorgó el ministro Cafiero el 22 de enero, fue absorbido por la inflación a los pocos días. El dólar subió escandalosamente.

“Esta situación ha llegado al límite de lo tolerable”, afirmó uno de sus colaboradores más cercanos. El miércoles 4 de febrero asumió como ministro de Economía Emilio Mondelli. También juró Miguel Unamuno, reemplazando a Carlos Ruckauf en la cartera de Trabajo.

El viernes 7 de febrero de 1976, el sindicalista Victorio Calabró fue a entrevistarse con la presidenta Perón, luego de mucho tiempo de desencuentros. La reunión duró una hora, en la que solo habló Calabró. Al salir, dijo: “Es como hablarle a una pared”. Así lo expresó el entonces gobernador de Buenos Aires, discípulo de Lorenzo Miguel.

El canciller Raúl Quijano y su par Henry Kissinger se reunieron en la residencia del embajador argentino en Estados Unidos. Lo sustancial quedó reflejado en el informe estadounidense, bajo el subtítulo “Gobierno post-golpe”: “Si las Fuerzas Armadas asumieran el control del poder por un período largo, los argentinos se verían sujetos a reglas de severidad sin precedentes. Los militares querían un programa económico muy rígido y austero que requeriría represión para ser implementado”.

El miércoles 10 de marzo, a las 18.30, en medio de los conflictos entre la CGT, el ministro de Economía y los capos del sindicalismo, Isabel Perón se pronunció en la central obrera. Fue un fracaso. Solo atinó a decir: “Muchachos, no me lo silben mucho al pobre Mondelli”.

Ese mismo día, Ricardo Balbín enfrentó las cámaras de televisión y declaró: “Desde aquí… Algunos suponen que vengo a dar soluciones. No las tengo, pero las hay”.

El 10 de marzo de 1976, Isabel habló en el Salón Central de la Casa Rosada. El final era una carrera contra reloj.

El lunes 22 de marzo, después de más de dieciocho años de exilio, el empresario Jorge Antonio regresó al país. En conferencia de prensa, el amigo de Juan Domingo Perón expresó: “Si las Fuerzas Armadas vienen a poner orden, respeto y estabilidad, bienvenidas sean”.

El 21 de marzo, el líder conservador Álvaro Alsogaray criticó la posibilidad de un golpe militar: “Nada sería más contrario a los intereses del país que precipitar en estos momentos un golpe”.

A las 11 de la mañana del martes 23, se realizó una reunión clave con los jefes militares. La respuesta, en nombre de los tres comandantes, la dio el almirante Emilio Eduardo Massera: “El poder: si lo tienen, úsenlo; si no, que la señora presidenta renuncie”. Los planes de la “Operación Aries” —nombre en clave del golpe— ya estaban definidos.

“Cuando llegamos al despacho de Videla, nos comunicamos con el ‘Colorado’ Fernández y le preguntamos: ‘¿Cómo está todo por allí?’. ‘Bien’, respondió el jefe de la Casa Militar de la Presidencia. ‘Muy bien. Dígale a la señora presidenta que, por razones de seguridad, viaje a Olivos en helicóptero’”. Ese era el mensaje clave para iniciar la detención de Isabel Perón.

El helicóptero presidencial tardó en llegar desde Olivos. Cuando finalmente lo hizo, Isabel Perón se dispuso a viajar. La despidieron, en la azotea de la Casa de Gobierno, algunos miembros de su custodia y dos o tres oficiales de granaderos.

Según la mayoría de los historiadores, el helicóptero despegó a las 0.50 del 24 de marzo de 1976, con la presidenta a bordo, acompañada por Julio González, su secretario privado, y Rafael Luisi, jefe de su custodia personal.

Aproximadamente a la 1 de la mañana, ingresaron al salón principal del edificio el general José Rogelio Villarreal, el almirante Pedro Santamaría y el brigadier Basilio Lami Dozo.

–Villarreal: “Señora, las Fuerzas Armadas se han hecho cargo del poder político y usted ha sido destituida”.
–Isabel de Perón: “¿Me fusilarán?”
–Villarreal: “No. Su integridad física está garantizada por las Fuerzas Armadas”.

En esos minutos, otro alto oficial se comunicó con los comandantes generales y transmitió la contraseña: “La perdiz cayó en el lazo”. Isabel Martínez de Perón había sido detenida.

A la 1.50, un avión de la Fuerza Aérea partió rumbo a Neuquén, llevando a la expresidenta en calidad de detenida.

A las 10.40 de la mañana, la Junta Militar asumió el poder, en medio de una gran tranquilidad pública.

Entrada Relacionadas