Flavia Royón se presenta como la voz de la renovación, pero la realidad muestra lo contrario: fue funcionaria de todos los gobiernos, desde Sergio Massa hasta el actual. Hoy pretende borrar con el codo lo que escribió con la mano: no asume que la crisis es fruto de las gestiones a las que ella misma perteneció. Nada nuevo: es la misma práctica de la política acomodada de siempre.
Cuando afirma que “los senadores están para defender a sus provincias y no a un gobierno nacional”, omite que durante años votó y defendió políticas dictadas desde Buenos Aires. Habla de la necesidad de evitar que el Congreso sea una escribanía, pero ¿qué hizo cuando integraba equipos que se alineaban dócilmente con Alberto Fernández o con Massa? ¿Dónde estaba esa autonomía que ahora pregona?
Se burla de la idea de “influencers que levantan la mano”, pero su propio recorrido demuestra que no hace falta ser influencer para obedecer órdenes: alcanza con ocupar un cargo y callar frente a las decisiones centrales, como lo hizo tantas veces. En todo caso, Gustavo Sáenz sí tiene tres “influencers” que acompañaron los primeros 18 meses del gobierno de Milei.
En cuanto a la relación Nación–provincias, acompaña a Sáenz en el reclamo, pero olvida que fue parte de gobiernos que jamás resolvieron la deuda histórica con el norte argentino. Promete “rutas, inversión y empleo genuino”, pero ¿qué cambió cuando estuvo en la Secretaría de Energía de la Nación? ¿Cuántas obras quedaron pendientes, cuántos proyectos truncos?
En lo económico, reconoce que el orden fiscal es indispensable, pero critica el “corte total”. Palabras lindas, pero su paso por el Ministerio de Energía no se caracterizó precisamente por la eficiencia ni por la transparencia. Habla de gestionar con inteligencia, pero en su gestión no hubo diferenciación entre lo que estaba bien y lo que estaba mal: hubo parches, improvisación y más déficit.
Respecto a la polarización, intenta vender la idea de un camino alternativo. Dice que no responde a Cristina, a Milei ni a Macri, que “su lealtad es con Salta”. Pero la evidencia muestra otra cosa: siempre estuvo atada a los gobiernos de turno, sean peronistas, massistas o libertarios. No es un frente independiente: es la misma rosca reciclada con otro nombre.
Cuando se refiere a las denuncias de corrupción en el oficialismo nacional, habla de libertad de expresión y de “investigar hasta el final”. Correcto. Pero ¿qué hizo frente a las irregularidades del kirchnerismo? ¿Qué hizo frente a los escándalos de Massa? Su repentino apego a la transparencia aparece solo cuando conviene electoralmente.
En lo referente a biocombustibles, energía y minería, señala oportunidades perdidas. Sin embargo, fue funcionaria con poder para revertir esa exclusión y no lo hizo. Ahora promete lo que antes no ejecutó. Y sobre el litio, tampoco se la escuchó reclamar con fuerza cuando las decisiones quedaban atadas a los despachos porteños.
Finalmente, respecto a la Ley Bases, intenta colocarse en un punto medio: afirma que había que acompañar algunos capítulos, pero no las privatizaciones masivas. Otra vez, ambigüedad. Una candidata que busca quedar bien con todos, pero que nunca se planta con firmeza.
En definitiva, Flavia Royón intenta disfrazarse de dirigente distinta, independiente y defensora de Salta. La realidad es otra: su carrera política está marcada por la docilidad, el oportunismo y la falta de autocrítica. Fue parte de todos los gobiernos que nos llevaron a esta crisis. Ahora pide el voto, pero no puede escapar de su pasado.






