Hasta que el cuerpo le dio, se subió al tractor y recorrió su chacra. Decía que iba a ver cómo estaban los girasoles. O tomaba del brazo al visitante y salía a caminar por esas hectáreas que modeló con sus propias manos, y que ofrecía como su mayor proeza.
Fuera un rey, un presidente de cualquier país, un adversario o un cumpa de los tantos que siguieron sus pasos. O un periodista argentino que acumuló el enorme orgullo de haber conversado con él en diversas circunstancias. A ese periodista, el Pepe le dijo: “Nunca hay que dejar de ser libre”.
Ahora irá a hacerle compañía a su perra Manuela, enterrada allí mismo, a la sombra de un timbó. Y esperará a Lucía, su “maravilloso hallazgo de la vida”. Se conocieron hace 53 años, entre fierros, militancia y clandestinidad.
Discutían de política o de lo que fuera, con la misma vehemencia con la que vivieron. Se sentaban a ver fútbol en la tele. Se cocinaban los guisos y milangas que devoraban con fruición. Se atraparon entre la pasión, la palabra contundente y la ternura infinita. No tuvieron hijos, y esa fue una deuda que alguna vez aceptó el viejo batallador: “Me dediqué a cambiar el mundo y se me fue el tiempo”.
Siempre vivieron en esa casa de techo de cinc, tan pequeña como para que apenas entraran ellos. Lo único que desbordaba eran los libros y la leña para calefaccionarla.
Siempre rodeada de cumpas, a los que, hace unos años, les cedió unas cinco hectáreas para montar un comedor y un galpón donde acumular materiales y herramientas para construir viviendas populares.
A un costado quedó el Fusca que manejó hasta hace poco, y por el que rechazó fortunas ofrecidas por ricachones que intentaron comprar lo que el dinero no puede.
El Pepe miraba el mundo entre la sabiduría y esos ojos achinados que sólo se agrandaban cuando algo lo impactaba.
Ese tipo que fue agricultor, militante, guerrillero, senador, ministro, presidente. Y compañero, lo que más lo enorgullecía.
El que nació en Paso de la Arena y murió en Rincón del Cerro, continuidad inalterable entre el pobrerío montevideano que tiene valederas razones para amarlo.
Y ahora, para llorarlo. Y mañana mismo, para trajinar su legado.
El tipo que estuvo catorce años preso, casi tres de ellos sin poder moverse, incomunicado, comunicándose con sus cumpas de los pozos cercanos mediante toses y estornudos. Dice que ahí aprendió a escuchar a las hormigas. Se escapó tres veces. Tenía seis cicatrices de bala.
El que fue Tupamaro, y luego fundó el Movimiento de Participación Popular, que integrado al entonces flamante Frente Amplio, se convirtió en la histórica “Lista 609”, la que lo llevó a la presidencia y que hace unos meses promovió a Yamandú Orsi. Ese tipo campechano que nunca usaba corbata y andaba siempre con los “tarros” embarrados.
El que no tenía filtro, pero era un empedernido componedor. Fundamentalmente, alguien que miraba más allá.
Fue un predicador irreverente, parado en la vereda de lo popular y lo progresista, tan desestructurado en sus posturas, tan abarcativo, preciso, incisivo, intenso y penetrante, que le valió enfrentamientos impensados (por caso, con los Kirchner), así como la insólita adhesión de vastos sectores que no comulgan precisamente con la izquierda.
Este lado del charco es un ejemplo fiel:
Al Pepe lo amaron casi más los sectores antiperonistas y escasamente populares que el propio progresismo ligado a las herencias ideológicas del General, un terreno que para los uruguayos siempre fue, al menos, difícil de asimilar.
El Pepe fue José Alberto Mujica Cordano. Algunos lo llamaban El Faro. “Hasta acá llegué”, dijo en enero, cuando hizo público que dejaría de pelearle a esa enfermedad de porquería que lo estaba carcomiendo.
Ese guerrero quiso ser libre para accionar ante lo más implacable: la muerte. Lo hizo con la lucidez y la ternura que tuvo durante sus 89 años. Entonces, los cumpas de los barrios cercanos a su chacra le enviaron un mensaje: “Siempre nos dijiste que ibas a militar hasta el último día. Has cumplido”. Seguramente, el Pepe se habrá sentido feliz.
Lo convocaba la felicidad. Por eso proclamó una y otra vez, desde que lo aprendió en la cárcel de Punta Carretas —hoy convertida, vaya ironía, en un shopping recontracheto que oculta aquellos viejos espectros—:
“Si no puedes ser feliz con pocas cosas, no vas a ser feliz con muchas cosas”.






