Hablar hoy de un “Cordobazo del siglo XXI” no implica repetir mecánicamente la historia ni caer en nostalgias. Significa pensar si, frente a una ofensiva brutal contra las condiciones de vida de las mayorías populares, pueden emerger nuevas formas de rebelión capaces de cuestionar el orden existente.
En 1969, la dictadura de Juan Carlos Onganía intentó imponer un programa de disciplinamiento social y económico al servicio de las grandes patronales y el capital extranjero.

Hoy, el gobierno de Javier Milei expresa un proyecto de características similares: destrucción de derechos laborales, ajuste permanente, privatizaciones, entrega de los recursos estratégicos y represión frente a toda resistencia social.
Si Onganía tuvo como brazo económico a Adalbert Krieger Vasena, Milei tiene a Luis Caputo, representante directo de la especulación financiera y del endeudamiento externo. Ambos modelos buscaron garantizar ganancias extraordinarias para los sectores concentrados a costa del salario, la industria nacional y las condiciones de vida del pueblo trabajador.


Pero también existen diferencias importantes. La Córdoba del1969 estaba marcada por la modernización industrial iniciada a mediados de los años cincuenta. Las multinacionales automotrices concentraban miles de trabajadores jóvenes, organizados, con empleo estable y fuerte inserción urbana. Esa concentración obrera fue una de las bases materiales del Cordobazo.


Hoy el mundo del trabajo tiene otra morfología: fragmentación laboral, precarización, tercerización, crecimiento del trabajo informal y una fuerte feminización de amplios sectores de servicios. Sin embargo, esa fragmentación no significa desaparición de la clase trabajadora. Por el contrario, las nuevas formas de explotación también crean nuevas condiciones para la organización y el conflicto social.


Los datos publicados por el Observatorio de les Trabajadores permiten formular una paradoja: si estas formas laborales han servido para disciplinar cotidianamente a millones de trabajadores, también plantean nuevas posibilidades de articulación de luchas comunes frente al capital. La fuerza del trabajo no perdió ni su centralidad ni su potencia transformadora.
En este cuadro, el rol de la dirigencia sindical resulta decisivo. El Cordobazo no habría sido posible sin una tradición combativa de organización obrera y sin direcciones dispuestas a enfrentar al poder político y económico. Hoy, en cambio, gran parte de la conducción de la CGT aparece subordinada a la lógica de negociación permanente para preservar intereses propios, cajas millonarias y el control de las obras sociales de los grandes sindicatos.


Mientras el gobierno descarga el ajuste sobre jubilados, trabajadores y sectores populares, la burocracia sindical administra la bronca social, negocia retrocesos y evita deliberadamente la construcción de un verdadero plan de lucha nacional. Esa distancia entre las bases y las conducciones sindicales constituye uno de los principales obstáculos para la emergencia de una respuesta de masas.
Sin embargo, la historia demuestra que los procesos sociales no son lineales. Como señaló la historiadora Mónica Gordillo, el Cordobazo fue la “construcción colectiva de una representación de injusticia”. No surgió de un hecho aislado sino de la acumulación de experiencias de lucha, agravios sociales y horizontes políticos compartidos.
Aquella rebelión también se alimentó de un clima internacional marcado por la Revolución Cubana, las luchas anticoloniales y el Mayo Francés. El presente mundial es diferente, pero igualmente convulsionado: guerras, crisis económicas, rebeliones populares y nuevas experiencias de solidaridad internacional atraviesan la política global. Desde la resistencia del pueblo palestino hasta las movilizaciones juveniles europeas contra el militarismo, pasando por los levantamientos populares en América Latina, el escenario internacional vuelve a colocar sobre la mesa la discusión sobre el orden social existente.
Nada indica que la historia vaya a repetirse. Pero tampoco hay razones para creer que el ajuste, la desigualdad y la entrega puedan imponerse indefinidamente sin resistencia. La hipótesis de un “Cordobazo del siglo XXI” no es una consigna nostálgica: es la pregunta abierta sobre qué nuevas formas de organización y lucha pueden surgir desde abajo para enfrentar un proyecto de saqueo y disciplinamiento social.

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