Hay algo casi patético en este presidente de cabotaje que cree jugar en las grandes ligas del mundo. Viaja al Norte como un alumno aplicado, buscando la bendición de los mercados, mientras los grandes inversores lo observan con la misma frialdad con la que se mira a un experimento. Su pintoresquismo, es cierto, llama la atención de los medios internacionales. En un mundo saturado de noticias, el personaje Milei vende titulares.

La inflación sigue golpeando. En febrero marcó 2,9 % mensual y 33,1 % interanual, mientras los gastos fijos —alquileres, combustibles y servicios— trepan cerca del 7 %. El ministro Luis Caputo explica con serenidad técnica que la economía atraviesa un “proceso de corrección de precios relativos”, luego de décadas de distorsiones. Una frase elegante para decir que el ajuste sigue cayendo sobre los mismos de siempre.
Mientras tanto, el Presidente promete que en apenas un par de meses la inflación comenzará con cero. Una promesa repetida tantas veces que empieza a sonar más a acto de fe que a pronóstico económico.
En Nueva York, ante los grandes bancos de inversión, la reacción fue glacial: no tienen prisa. Esperarán las próximas elecciones antes de abrir la billetera.
Los ahorristas argentinos tampoco se conmueven con los llamados oficiales. Los dólares siguen guardados en el colchón, lejos del circuito productivo. El riesgo país continúa cerrando las puertas del crédito internacional.
Sin inversiones no hay crecimiento, y sin crecimiento no hay confianza. Mientras tanto, en los salones financieros del Norte, los supuestos aliados observan con distancia. Aplauden el discurso, pero guardan la billetera. Porque en el mundo del dinero, los lacayos sobran… lo que faltan son quienes confíen de verdad.





