Mientras el mundo observa con creciente preocupación la escalada en Medio Oriente, vuelve a quedar expuesta una verdad incómoda: detrás de cada guerra impulsada por Estados Unidos también se mueve un gigantesco negocio de la industria armamentista. El conflicto desatado junto a Israel contra Irán no solo eleva la tensión internacional; también abre un nuevo ciclo de ventas millonarias de armas.

Algo similar ocurrió con la guerra entre Rusia y Ucrania. Bajo la presión de la OTAN, numerosos países europeos aumentaron su gasto militar y compraron armamento estadounidense. El miedo fue el argumento, pero el resultado fue un negocio extraordinario para el complejo militar-industrial de Washington.

Hoy la historia parece repetirse. Con Medio Oriente al borde de una guerra regional, los aliados de Washington vuelven a reforzar sus arsenales. La paradoja es brutal: mientras los pueblos del mundo enfrentan inflación, crisis energética e incertidumbre, las fábricas de armas trabajan a toda máquina.

Para el poder imperial, la guerra no es solo geopolítica: también es un negocio. Y ese negocio siempre lo pagan los pueblos.

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