En la Argentina de hoy aparece una paradoja dolorosa: muchos trabajadores tienen empleo, pero no pueden comer como corresponde. Un informe del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina revela un dato alarmante: 6 de cada 10 trabajadores se saltean una comida durante la jornada laboral por falta de dinero.

El problema es aún más profundo. El 84% de los asalariados vive algún grado de inseguridad alimentaria, es decir, no tiene garantizado el acceso a una alimentación adecuada. Con salarios que no acompañan la inflación y alimentos que aumentan mes a mes, cada vez más trabajadores deben elegir entre comer menos o comer peor.
El informe señala que el 61% de los trabajadores deja de comer en horario laboral por motivos económicos, y en los jóvenes de entre 18 y 29 años el porcentaje sube al 70%. Es decir, la generación que debería estar construyendo su futuro comienza su vida laboral con hambre.
Pero el ajuste no solo aparece en la cantidad de comida, sino también en la calidad. Casi el 79% de los trabajadores reconoce que tuvo que cambiar a alimentos más baratos y menos nutritivos. En otras palabras, la mesa se llena con lo que se puede, no con lo que hace bien.
Este fenómeno revela una crisis social profunda: trabajar ya no garantiza comer. Cuando un país naturaliza que millones de trabajadores pasen su jornada con hambre, el problema ya no es solo económico. También es un problema moral y político.
Porque una sociedad donde el trabajador no puede llenar la olla es una sociedad donde la pobreza ya entró por la puerta grande.





