En la Argentina del 2024/2025, el experimento Milei no cayó del cielo: floreció sobre un terreno devastado con Mauricio Macri y Alberto Fernández, precarización laboral, soledad social, y un mercado que promete libertad mientras exprime hasta el último resquicio de la vida cotidiana.
El capitalismo hizo del ciudadano un cliente, del trabajador un número, y del deseo una mercancía. Pero nunca como ahora esa maquinaria mostró su rostro más cruel y brutal.


El mileísmo llegó para administrar bajo el disfraz de la “libertad individual”, lo que se impone es una competencia social pero despiada y el que no puede sobrevivir, sobra. El Estado se repliega, los derechos retroceden, y el mercado , que jamás es neutral, condiciona y define la vida de las mayorías. Milei no vino a liberar a nadie: vino a desarmar todo aquello que protegía mínimamente a los que nunca fueron dueños de nada, pero tenían derechos.
La trampa es histórica: mientras se declama la muerte de lo organizaciones sociales y sindicales, se fortalece un puñado de grupos económicos que operan como verdaderos dueños del país. La “libertad” termina siendo la libertad de unos pocos para imponer las decisiones que hipotecan el destino de los otros.
Por eso el problema no es sólo económico: es existencial. El país entra en el agotamiento social, que se vuelve norma, donde el miedo desplaza a la esperanza, donde el ciudadano común queda hundido en la sensación de que nada depende de él. Y esa desesperanza no es casual: es el recurso político más eficaz de los proyectos autoritarios del siglo XXI.
El desafío, que es urgente, es romper esta hipnosis colectiva que convierte la crueldad en sentido común. No alcanza con resistir; tampoco con denunciar. Hace falta reconstruir un horizonte que vuelva a articular deseo, memoria e imaginación política.
La etapa exige que el campo popular, el peronismo, el progresismo, la izquierda y los movimientos sociales abandonen las peleas menores y vuelvan a nombrar un futuro posible, sin nostalgia ni claudicación.
Nuestro país ya vivió demasiadas veces este ciclo de saqueo encubierto, saqueo de libertad. Y siempre que la historia pareció cerrarse, las mayorías encontraron la manera de volver a abrirla. Hoy toca hacer lo mismo: disputar la conciencia en cada espacio, reconstruir el tejido roto, hablarle a los desesperanzados y no sólo a los convencidos.
Porque el mileísmo no es un destino: es una etapa. Y como toda etapa, puede terminar si la sociedad vuelve a confiar en sí misma. La verdadera libertad no está en sobrevivir solos, sino en construir juntos un país donde la vida valga más que el algoritmo, la especulación y la crueldad disfrazada de eficiencia.
Ese es el combate político del presente. Y todavía estamos a tiempo de darlo.
Solo hace falta grandeza, pero con los dirigentes actuales no lo creo.

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