Derrotado en las urnas y vaciado de contenido, el peronismo atraviesa el momento más triste de su historia. Entre gobernadores colaboracionistas, sindicalistas domesticados y dirigentes sin épica ni pueblo, el movimiento que alguna vez fue esperanza se disuelve en su propia nostalgia.
El peronismo como expresión ideológica vive su peor hora. Derrotado en las urnas, parcialmente en varias provincias, su dirigencia ofrece una imagen lamentable, casi patética, en su desconexión con la realidad popular. Gobernadores como Jaldo, Jalil o Zillioto se acomodan al poder de turno. Gustavo Sáenz, por su parte, se salva solo porque nunca se reconoció ni peronista ni kirchnerista. A eso se suma la traición de la CGT, convertida en garante del orden patronal, con contadas excepciones sindicales que todavía sostienen un espíritu combativo.
En Salta, la interna peronista mostró su fractura moral: un Sergio Leavy defendiendo la lealtad desde el Senado, y sus convicciones frente a un Juan Manuel Urtubey que encarna el viejo peronismo conservador,( a pesar de su juventud) el de los doce años de sospechas y negocios.
Mientras tanto, la ofensiva laboral y social de la ultraderecha avanza con brutalidad. El pejotismo, débil e ideológicamente vacío, transita su propia crisis: sin conducción, sin convicciones y con candidatos insípidos que parecen ajenos al drama del pueblo. El gobierno de Alberto Fernández fue su versión más empírica y decadente, incapaz siquiera de simular la inclusión social que alguna vez prometió.
Hoy el país se muestra desarticulado, sin vínculos ni solidaridad. Cada cual atiende su quintita, entre “compañeros” presupuestarios y “compañeros” indigentes. El peronismo volvió al llano, fragmentado, cómplice en algunos casos, como los de Caletti o Vargas en Salta, ausente en otros. En las calles, las luchas sociales tuvieron más rostros nuevos que viejas
banderas. El pueblo estuvo, el peronismo no.
Y así llegamos a las urnas: con una versión apagada de un movimiento que alguna vez fue pasión colectiva. Hoy, el peronismo transita la nostalgia, convencido de que todo tiempo pasado fue mejor. Ya ni la Marcha emociona, ni las melodías de la justicia social conmueven a las nuevas generaciones.
La dirigencia mendiga cargos y acomodos; la militancia verdadera quedó huérfana. La derecha un conglomerado de poderosos, sectores eclesiásticos, militares, policías y medios hegemónicos, gobierna este país donde la pus de la corrupción brota sin vergüenza, mientras los medios ensobrados callan.
La proscripción de Cristina fue la jugada final del sistema, la herramienta de exclusión. No lograron silenciarla, pero sí aislarla. Cuando pidió no desdoblar las elecciones bonaerenses, la desoyeron. El resultado: un millón y medio de votos perdidos.
El peronismo de hoy no emociona. Apenas respira entre las ruinas de su historia.
En su nostalgia se refleja su derrota.
Fuente: Por el Virginiano
Salta, 12 de noviembre de 2025.





