La Revolución Húngara de 1956 fue una insurrección popular contra el régimen estalinista impuesto por Moscú. Obreros y estudiantes tomaron las calles de Budapest exigiendo libertad política, elecciones libres y el retiro de las tropas soviéticas, pero sin renunciar al ideal socialista: buscaban una “democracia obrera”, no el retorno del capitalismo.
Durante varios días, los consejos obreros controlaron fábricas y barrios, mientras el gobierno de Imre Nagy intentaba negociar con la Unión Soviética. La respuesta llegó el 4 de noviembre: 200.000 soldados y 19 divisiones de tanques soviéticos aplastaron la revuelta. Más de 20.000 húngaros murieron y Nagy fue ejecutado.
El levantamiento marcó una profunda ruptura en la izquierda mundial. Muchos comunistas cuestionaron por primera vez a Moscú. Para el trotskismo, fue una revolución política frustrada, una lucha heroica por reemplazar la burocracia estalinista por un verdadero poder de los trabajadores.
Hungría 1956 sigue siendo símbolo de la dignidad obrera frente a la opresión burocrática.
Cualquier similitud con las represiones de las dictaduras argentinas es pura coincidencia.






