Baila tango desde que aprendió a caminar… y quizás un poco antes. Roberto Serpa recuerda que sus primeras maestras fueron sus hermanas, quienes le enseñaban los pasos que él practicaba con una escoba, una silla o cualquier objeto que se mantuviera quieto. “Ponía la radio y ¡zas!, ya estaba yo, bien compadre, bailando solo en el patio”, evoca.
A los 15 años comenzó a frecuentar reuniones familiares y milongas. Entre tango y tango, se daba tiempo para el snooker, el billar y la carambola en el Bar Balcárcel al 900, un punto de encuentro de tangueros “de verdad”, siempre impecablemente vestidos y con perfume de orquesta.
Su estilo personal no dejaba dudas: saco, pantalón de vestir, corbata, pañuelo al cuello, zapatos lustrados y sombrero. “Al tango se va bien vestido, por respeto”, afirma. Hoy conserva 14 pares de zapatos tangueros, 8 trajes y varios sombreros, seleccionados según la estación. Una costumbre heredada de los viejos ferroviarios amigos: el Mechudo Bordón, el Mocoso Domínguez, Ardiles y el Petizo Aguirre, veteranos de la década del ’50.
En el Bar Madrid, sus compañeros le decían: “Vos empilchás muy lindo, tenés que salir con nosotros”. Y así lo hacía, recorriendo bailes como los de “El Dragón”, en la calle 12 de Octubre, donde la orquesta de Juan D’Arienzo hacía vibrar a todos. También pasaron por Salta figuras como Donato Racciatti, Mario Vallejo, Kelvin Taborda –el “D’Arienzo del Norte”–, Héctor Bilardel, Arturo Carabone, Mario Valle y su hermano, Héctor Chuchuy. Entre los cantores, brillaban Ricardo Valverde y Oswaldo Morales.
Las tanguerías de antaño eran Furci, Álvarez y Manolo, este último todavía abierto los domingos. Hoy, reconoce, “el negocio no es lo que era, el tanguero es muy gasolero”. Sin embargo, hay más profesores y más mujeres bailando que nunca. “Las mujeres de hoy se producen, lucen vestidos con tajo, brillos, espalda al aire… y bailan de todas las edades”, celebra.
A los jóvenes les deja un consejo: “Sigan bailando, vayan a aprender con maestros, actualicen los pasos, vístanse para la ocasión. Y si pueden, una vez al año dense el gusto de ir a Buenos Aires a bailar, que ahí el tango tiene otro perfume”.
Él lo sigue haciendo, y aprovecha para visitar a sus hijas. Porque para Roberto Serpa, el tango no es solo un baile: es una forma de vivir… y de vestirse.





