El gobierno militar de Juan Carlos Onganía suele ser comparado con otras dictaduras argentinas por su autoritarismo y la represión política. En 1966 tomó el poder mediante un golpe de Estado, anuló los partidos políticos, limitó la actividad sindical y restringió las libertades democráticas.

Uno de los hechos más recordados de ese período fue la Noche de los Bastones Largos, cuando la policía ingresó violentamente a las universidades para reprimir a estudiantes y docentes. Aquella intervención provocó el exilio de científicos e intelectuales, además de un fuerte retroceso en el sistema educativo argentino.

La comparación con la situación actual apareció en distintas consignas de las movilizaciones universitarias realizadas en el país, donde se advirtió sobre el deterioro de la educación pública y el avance de políticas de ajuste.

En Salta hubo movilizaciones tanto en la capital como en las ciudades de San Ramón de la Nueva Orán y Tartagal. En la capital salteña se reunieron cerca de 6.000 personas, aunque la participación de los niveles secundario y terciario fue reducida. Tampoco acompañaron dirigentes políticos ni sindicales, salvo algunos referentes gremiales docentes.

Como era de esperar, la educación católica también estuvo ausente. Salta mostró una vez más su perfil conservador: salvo los sectores directamente afectados, gran parte de la sociedad permaneció indiferente frente al conflicto.

Durante la jornada también hubo fuertes cuestionamientos hacia legisladores nacionales y representantes salteños que acompañan las políticas del Gobierno nacional. Entre los reclamos se señaló que las medidas de ajuste impactan directamente sobre trabajadores, estudiantes y familias que dependen de la universidad pública como herramienta de movilidad social y acceso a derechos.

La falta de presupuesto universitario comenzó a reflejarse de manera concreta en el funcionamiento cotidiano de las instituciones. Entre los principales problemas aparecen deficiencias edilicias y recortes en servicios básicos: ausencia de calefacción en medio de las bajas temperaturas, falta de iluminación en horarios vespertinos, escasez de insumos esenciales en los baños y dificultades para reparar equipos utilizados en las clases, como proyectores.

A esto se suma la reducción de personal y el deterioro general de las condiciones de estudio y trabajo. Aunque desde afuera las universidades continúan funcionando, puertas adentro crece la preocupación por el progresivo vaciamiento y las limitaciones para sostener una educación pública de calidad.

Entrada Relacionadas