Una logia militar, el GOU, derrocó al presidente Castillo y abrió paso a un nuevo ciclo político que transformaría la historia argentina.

Entre 1931 y 1937, en medio de un país dividido respecto a la Segunda Guerra Mundial, se consolidaban dos tendencias ideológicas en pugna. En ese contexto, las Fuerzas Armadas comenzaron a transformarse en un poder autónomo y en un supuesto árbitro «natural» de la situación nacional. El clima era propicio para conspiraciones, y así lo entendieron los miembros del Grupo de Obra de Unificación (GOU), una logia fundada el 10 de marzo de 1943, que fue ganando influencia dentro del Ejército.

Los principales referentes del GOU eran el coronel Juan Domingo Perón y el teniente coronel Enrique P. González, ambos oficiales del Estado Mayor General y graduados de la Escuela Superior de Guerra, donde Perón además enseñaba Historia Militar.

Recordaría años después el propio Perón:

“Antes del 4 de junio, y cuando el golpe de Estado era inminente, se buscaba salvar las instituciones con un paliativo o mediante convenios políticos, a los que comúnmente llamamos acomodos. […] Conviene recordar que las revoluciones las inician los idealistas con entusiasmo, abnegación, desprendimiento y heroísmo, y las aprovechan los egoístas y los nadadores en río revuelto”.

El GOU había tomado contacto formal con dirigentes socialistas, conservadores y radicales que coincidían en rechazar la candidatura presidencial de Robustiano Patrón Costas. Aunque Patrón Costas nunca llegó a lanzar oficialmente su campaña, el rechazo a su figura fue uno de los catalizadores del golpe.

La madrugada del 4 de junio de 1943, los militares derrocaron al presidente Ramón Castillo. Así lo rememoró Perón:

“La revolución comenzó en el preciso instante en que los cuadros medios del Ejército, entre quienes me identificaba, tomaron conciencia de la situación y resolvieron que las cartas estaban echadas”.

El diario La Vanguardia dejó constancia de su juicio crítico sobre la gestión de Castillo:

“El gobierno del doctor Castillo fue el gobierno de la burla y el sarcasmo. Su gestión administrativa se desenvolvió en el fango de la arbitrariedad, el privilegio, la coima y el peculado. […] Eligió su sucesor a pesar del clamor de la opinión pública […] La fórmula de los grandes deudores de los bancos oficiales contaba con la impunidad oficial”.

Una vez consumado el golpe, los líderes revolucionarios se reunieron en la Casa Rosada para definir al nuevo presidente. La elección recayó, en principio, en el general Pedro Pablo Ramírez, a quien se valoraba por su moderación. Sin embargo, el general Arturo Rawson se adelantó, se autoproclamó presidente y conformó un gabinete sin consultar al GOU, en acuerdo con sectores de la oligarquía que el golpe justamente pretendía desplazar.

Relató Perón sobre ese episodio:

“El resultado fue que volvían al gobierno los que acabábamos de echar a patadas. Fuimos hasta la Casa de Gobierno y entramos intempestivamente al despacho principal. Él estaba allí, sentado muy ridículo detrás del escritorio en el sillón de Rivadavia. Me acerqué y, extendiéndole su renuncia, le dije: ‘Puede ir saliendo, terminó su mandato’. Rawson levantó la vista y me dijo: ‘¡¿Cómo, tan pronto?!’. Tomó sus cosas y se retiró”.

Así concluía la llamada Década Infame, una etapa signada por el fraude electoral, el enriquecimiento ilícito y el retroceso institucional. Comenzaba una nueva era en la que el Ejército tendría un papel protagónico, y desde la cual emergería con fuerza la figura de Juan Domingo Perón, quien transformaría profundamente el escenario político y social del país.

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