
Diciembre de 2001 no fue un rayo en cielo despejado. Fue el desenlace lógico de una política económica que la derecha argentina nunca se animó a discutir ni a abandonar. La Convertibilidad de Domingo Cavallo, sostenida por Fernando de la Rúa, no cayó por accidente: explotó porque estaba diseñada para beneficiar a unos pocos y condenar a millones. Hoy, con otros nombres y la misma matriz, esa receta vuelve a aplicarse.
El corralito fue la chispa, pero el incendio venía de antes: recesión crónica, desempleo estructural, pobreza en ascenso y un Estado reducido al rol de gendarme del mercado. Cuando el pueblo salió a la calle, la respuesta no fue política sino represiva. Estado de sitio, balas y muertos. Treinta y ocho vidas segadas para defender un modelo agotado. El “orden” que prometían se sostuvo con sangre.
Veintitrés años después, Caputo y Milei repiten el libreto de Cavallo: ajuste brutal, salarios pulverizados, endeudamiento serial y un discurso moralista que culpa a las víctimas. La pobreza vuelve a niveles del 2001, pero el poder insiste en llamar “sinceramiento” a lo que no es más que un saqueo planificado.
El helicóptero de De la Rúa no fue una anomalía: fue la imagen final de un proyecto económico socialmente inviable. La tragedia no es el pasado, sino la obstinación del presente. Porque cuando la derecha no aprende de la historia, la historia vuelve como tragedia. Y, como siempre, la pagan los mismos.





