La credibilidad de un gobierno no se mide por los discursos que pronuncia, sino por las decisiones que toma cuando los escándalos golpean la puerta de sus propios despachos.

La corrupción no siempre se expresa únicamente en quien mete la mano en la lata. También se manifiesta cuando el poder protege, justifica o mira hacia otro lado frente a hechos que exigen explicaciones. En política, el silencio también es una decisión.

Por eso, mientras Manuel Adorni intenta convencer a la sociedad con explicaciones que generan cada vez más cuestionamientos, el verdadero interrogante apunta a la Casa Rosada. Javier Milei llegó al poder prometiendo terminar con los privilegios de la «casta» y combatir la corrupción, pero cuando las sospechas alcanzan a funcionarios de su propio espacio, la vara parece cambiar de medida.

Tanto el Presidente como su hermana, Karina Milei, enfrentan una disyuntiva que puede marcar el rumbo de la gestión: optar por la transparencia y el esclarecimiento de los hechos o sostener una estrategia de protección política. Porque cuando un funcionario cuestionado permanece blindado por el poder, las sospechas dejan de recaer exclusivamente sobre él y comienzan a extenderse sobre quienes lo respaldan.

La confianza pública es uno de los activos más valiosos de cualquier gobierno. Y una vez que se erosiona, resulta difícil recuperarla con discursos, anuncios o estrategias de comunicación.

Ni siquiera un acontecimiento de la magnitud de un Mundial de Fútbol alcanza para disipar las dudas cuando la sociedad percibe que las respuestas no llegan. Porque los grandes eventos pueden ocupar titulares durante algunas semanas, pero los problemas de credibilidad permanecen mucho más tiempo en la memoria colectiva.

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