Solo sonríen los banqueros. Mientras la Argentina atraviesa una crisis social sin precedentes, el presidente Milei juega a la estabilidad con fósforos en un depósito de nafta. Esta semana, el gobierno «celebró» haber conseguido 4,7 billones de pesos de los bancos. Pero el precio fue un pacto vergonzoso: tasas del 40% anual en papeles que vencen cada 15 días. La fiesta financiera está servida. La licuadora se apagó y la motosierra la tienen otros: el poder real.


El operativo rescate de Caputo no fue más que una rendición encubierta. Los bancos pusieron condiciones, marcaron la cancha y el gobierno se arrodilló. La contracara: riesgo país al alza, bonos en picada y un fracaso rotundo del Bopreal, que apenas juntó el 1% de lo esperado. Ni los empresarios amigos creen ya en el libreto libertario. El derrumbe de confianza es total.
A Milei se le cae la careta. Prometió matar a la casta, pero termina como mozo de banqueros y especuladores. Caputo, el mismo que dinamitó el endeudamiento durante el macrismo, ahora repite el libreto: tasas explosivas, deuda cortoplacista, y un juego suicida que revive el viejo «carry trade» con esteroides. Mientras, el dólar baja un centavo y lo venden como éxito. El gobierno compra tiempo a precio de sangre.
La economía no se estabiliza, se fragiliza. La motosierra no va al gasto parasitario, va a la inversión pública, a los salarios, a los jubilados. Pero a los bancos, ni un rasguño. Milei no dinamita el Banco Central: lo llena de bonos usureros para sostener una pax financiera que dura lo que una taza de café.
Si esto es el “modelo”, el resultado ya se conoce: bicicleta financiera, inflación reprimida, bomba de tiempo. Ni los mercados creen. ¿Cuánto falta para que los mismos que hoy prestan, mañana corran al dólar? Las tasas que hoy salvan, serán la tumba fiscal de mañana.
El gobierno canta victoria en medio del incendio. Pero el humo es espeso. Y ya nadie cree en los bomberos libertarios.

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