La diputada Emilia Orozco, que construyó su poder a fuerza de prepotencia y del aparato olmedista, hoy enfrenta un derrumbe político acelerado. Sus dichos contra la universidad pública, el servilismo a Milei y un discurso plagado de contradicciones la dejan cada vez más expuesta.

La diputada nacional Emilia Orozco forjó su ascenso político con un estilo marcado por la confrontación. En tiempo récord pasó de ser una figura emergente dentro del olmedismo a desplazar al propio Alfredo Olmedo y quedarse con la primera candidatura a senadora nacional. Pero ese crecimiento exprés hoy se encuentra en crisis: el arrastre de Javier Milei en Salta se diluye y, lejos de beneficiarla, comienza a hundir su imagen.

Orozco confundió agresividad con liderazgo y soberbia con autoridad. Su última declaración —cuando sostuvo que “daña menos a la sociedad” no tener profesores de Filosofía y Letras que médicos— la enfrentó con la Universidad Nacional de Salta, su propia casa de estudios, que decidió declararla “persona no grata”. La contradicción es evidente: la misma institución que le dio la formación que la impulsó políticamente es hoy la que la repudia por sus ataques a la universidad pública y su sumisión al oficialismo libertario.

El desprecio hacia el pensamiento crítico tampoco es casual. Orozco acompañó el veto presidencial al financiamiento universitario, votó contra la educación pública y avaló el desguace del sistema de salud. Al mismo tiempo, mientras dice defender la “libertad de expresión”, preside una comisión del Congreso que legitima la censura y guarda silencio ante los atropellos oficiales.

Su discurso también reproduce estigmatizaciones contra los pueblos originarios, a quienes descalificó como incapaces de “salir adelante”. Un racismo antiguo, maquillado con ropajes de modernidad libertaria.

Hoy, la diputada representa la síntesis de una dirigencia oportunista que nació del aparato de Olmedo, se vistió con los colores de Milei y ahora comienza a perder pie. Sin proyecto, sin coherencia y con un desprecio abierto hacia la universidad, la cultura y los pueblos de Salta, su figura política muestra un desgaste acelerado.

El derrumbe ya comenzó. Lo que parecía un ascenso fulgurante empieza a mostrar grietas irreparables. Orozco creyó que podía trepar sobre los hombros de Milei y del aparato mediático, pero en Salta —donde la memoria y la dignidad pesan— la soberbia siempre termina pasando factura.

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