Las elecciones presidenciales en Perú mantienen al país en vilo. Con más del 95% de las mesas escrutadas, la diferencia entre Roberto Sánchez y Keiko Fujimori es mínima y la definición permanece abierta. Según los últimos datos, Sánchez obtiene el 50,06% de los votos, mientras que Fujimori alcanza el 49,94%, una distancia inferior a los 25.000 sufragios.

El ajustado resultado obliga a esperar el cómputo final de los votos emitidos en el exterior y la revisión de actas aún pendientes, en una de las elecciones más reñidas de la historia reciente peruana.
Más allá de quién resulte finalmente vencedor, la elección deja al descubierto una realidad política que atraviesa al país desde hace años: una profunda división social, económica y territorial.
Roberto Sánchez encontró su principal respaldo en las regiones andinas, rurales y en los sectores populares, mientras que Keiko Fujimori volvió a consolidar su fortaleza electoral en Lima y entre una parte importante de los peruanos residentes en el extranjero.
La paridad electoral refleja mucho más que una competencia entre dos candidatos. Expresa la confrontación de dos modelos de país, dos visiones sobre el desarrollo económico y dos lecturas diferentes acerca de cómo enfrentar los problemas estructurales que afectan al Perú.
Los resultados también muestran la dificultad de construir consensos amplios en una sociedad marcada por la desigualdad, la inestabilidad política y la desconfianza hacia las instituciones.
Ninguno de los candidatos logró imponerse con claridad ni construir una mayoría contundente. Por el contrario, el escrutinio exhibe un escenario fragmentado en el que cada voto adquiere un valor decisivo.
Mientras las autoridades electorales continúan con el conteo final, millones de peruanos esperan conocer quién ocupará la presidencia en un contexto de fuerte polarización y enormes desafíos económicos y sociales.
En Perú, esta vez, cada voto cuenta. Y cada voto parece contar una historia distinta.
Fuente: Diarios nacionales de Perú.





