Hace ocho años, en Lanús, Cristina Fernández de Kirchner advertía sobre los riesgos de un proyecto político que usaba la palabra “cambio” como un eslogan vacío, mientras preparaba un ajuste profundo y una degradación institucional que, vistas desde hoy, suenan casi a profecía cumplida. En aquel acto afirmó que aquello no era modernidad, sino retroceso: pérdida de derechos, caída del empleo, inflación duplicada y un Estado que dejaba de proteger a la sociedad para convertirse en gendarme de sus propios intereses.

Hoy, ante el descalabro que protagonizan los hermanos Milei, esas palabras resuenan con otra densidad. La Argentina es gobernada por un oficialismo que prometió libertad y eficiencia, pero terminó sumergido en denuncias de corrupción, manejos opacos del poder y vínculos inquietantes con redes del narcotráfico que alcanzan incluso a representantes parlamentarios. La expulsión de los diputados involucrados en el caso Villaverde–Espert no es un episodio aislado: es la consecuencia lógica de un espacio que convirtió la antipolítica en coartada para blindar negocios, impunidad y favores corporativos.

Cristina señaló entonces que “el amor requiere pruebas” y que un gobierno que te quita derechos no puede presentarse como benefactor. Aquella frase, que en 2017 sonaba a crítica, hoy se lee como diagnóstico. Porque el mileísmo, en nombre de una supuesta “revolución liberal”, devastó salarios, desmanteló políticas públicas esenciales y entregó áreas estratégicas a un círculo íntimo donde conviven fanatismo, improvisación y corrupción.

Su advertencia sobre las libertades también adquiere otra dimensión: un gobierno que persigue, hostiga y gobierna a fuerza de amenazas y estigmatizaciones, mientras mira hacia otro lado frente al avance del narco y la violencia social. En esta Argentina desordenada y fracturada, aquel discurso de Lanús dejó de ser un análisis coyuntural para convertirse en un espejo del presente. Un recordatorio de que el “cambio” puede ser un retroceso brutal cuando se lo utiliza para encubrir negocios, incompetencia y autoritarismo.

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