El exgobernador enfrenta el desafío de reconquistar a un electorado que ya no le cree, mientras su pasado político vuelve a recordarle los años de poder absoluto que quedaron atrás.

Acosado por su propia historia reciente como gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey atraviesa el mayor desafío político de su carrera: convencer a una sociedad que ya no le cree. La sombra de su pasado —el manejo del Fondo de Reparación Histórica, los festejos del Bicentenario, el voto electrónico y la polémica validación judicial que le permitió un tercer mandato— vuelve a escena, recordándole al salteño promedio por qué su figura despierta más rechazo que entusiasmo.

En aquel entonces, el aparato estatal era su motor. El mismo aparato que ahora le da la espalda. Los años de poder absoluto, los beneficios a medios amigos y los vínculos con la aristocracia salteña quedaron atrás. Lo que era omnipotencia hoy se transformó en aislamiento; lo que fue discurso progresista hoy suena a simulacro.

Acompañado apenas por Emiliano Estrada y un puñado de dirigentes de bajo perfil, Urtubey recorre la provincia con la nostalgia de quien ya tuvo todo. Las caravanas multitudinarias se convirtieron en caminatas silenciosas. No hay militancia, no hay mística, no hay convicción. Solo una campaña sostenida con millones en redes sociales y encuestas que pocos toman en serio. El PJ ya no existe, las unidades básicas se apagaron y los históricos “votos sábana” que recorrían los barrios quedaron en el pasado.

Los “likes” no votan. Los videos pulidos no reemplazan la militancia real. Su entorno habla de un supuesto “voto silencioso”, pero lo cierto es que el silencio proviene de un pueblo que no olvida. Fue el propio Urtubey quien alimentó su ocaso: sus ataques a Cristina Fernández —“se robaron hasta los ceniceros”, solía decir del kirchnerismo—, su coqueteo con Mauricio Macri y su obsesión por “la avenida del medio” terminaron por vaciar de sentido su discurso.

Y aunque hoy intente presentarse como un límite a Javier Milei o un defensor de los salteños, pocos creen que mantendría esa línea si logra un escaño en el Congreso. La mayoría intuye que volvería al pragmatismo que lo caracterizó: acomodarse donde sople el poder. Urtubey necesita reconstruir un aparato político porque su obsesión es clara: volver a ser candidato presidencial en 2027.

La Salta de hoy ya no lo aplaude desde los actos oficiales. Hay otro dueño del escenario, uno que canta y se pone el poncho colorado. Es otra provincia, más desconfiada, más golpeada, menos dispuesta a creer en quienes ya tuvieron su oportunidad. Y en ese nuevo paisaje político, Juan Manuel Urtubey camina solo.

Entrada Relacionadas