Por José de Guardia

El término “medio pelo” es un concepto desarrollado tiempo atrás por Arturo Jauretche, aunque en estos tiempos podría redefinirse como los llamados “pobres de derecha”, una categoría clave para entender la historia caótica que vivimos los argentinos.

El “medio pelo” de antaño, que miraba hacia afuera y representaba una suerte de cipayería congénita, ha mutado, y no precisamente para bien. Hoy podría definirse como individuos de estratos socioeconómicos bajos que, a pesar de su vulnerabilidad, apoyan, votan y defienden programas políticos que favorecen a los sectores más concentrados de la economía.

Este fenómeno, lejos de explicarse por una simple “falta de educación” o, mejor dicho, por la ignorancia de la historia, responde a complejas dinámicas morales, psicológicas y culturales.

Según el sociólogo brasileño Jessé Souza, el motor principal de este comportamiento no es económico, sino moral. En su obra “El pobre de derecha: La venganza de los bastardos”, introduce el concepto del “síndrome del Joker” y sostiene: “La humillación es la herida moral que el sistema produce en los pobres. La derecha radicalizada le ofrece al humillado un lugar donde sentirse poderoso al dirigir su resentimiento hacia quienes son aún más débiles”.

Ese resentimiento, nacido de sentirse invisible o despreciado por el sistema, genera la necesidad de encontrar un canal de expresión para ese enojo.

La derecha neoliberal ha diseñado una estrategia simple pero eficaz: ofrecer, de manera engañosa, un ideal de lucha contra la corrupción de los gobiernos populares (calificados como “populistas”). Se instala así una guerra moral contra una supuesta “casta política” que mantiene “vagos y planeros”, consolidando lo que podría denominarse un “racismo cultural”. Esto no es otra cosa que una profunda grieta entre el “argentino de bien” (trabajador y esforzado) y el “kuka vago” (beneficiario de subsidios).

Divide y reinarás. De este modo, la clase trabajadora pierde identidad y solidaridad de grupo, y, en consecuencia, su capacidad de lucha por sus derechos.

El periodista Thomas Frank, en su célebre libro “¿Qué pasa con Kansas?”, analiza cómo la derecha ha logrado que los votantes de clase trabajadora prioricen valores culturales por sobre sus intereses económicos. Así, las necesidades y urgencias sociales dejan de estar en el centro del debate, desplazadas por temas como la religión, el aborto, la diversidad sexual, el dólar, las finanzas, las armas o la soberanía nacional.

Se instala entonces la idea de una “batalla cultural” contra “el progresismo”, al que se acusa de despreciar los valores tradicionales. El oprimido siente que la derecha “habla su idioma” y defiende su identidad, aun cuando sus políticas económicas lo perjudiquen directamente.

Desde la teoría clásica, este fenómeno puede comprenderse a partir de dos conceptos fundamentales:

  1. Hegemonía cultural (Antonio Gramsci): la clase dominante no gobierna solo por la fuerza, sino también mediante el consenso, logrando que su visión del mundo sea aceptada como “sentido común”. Así, la pobreza se interpreta como fracaso individual y la riqueza como mérito exclusivo.
  2. Violencia simbólica (Pierre Bourdieu): los sectores dominados internalizan las categorías de pensamiento de los dominadores. El “pobre de derecha” reproduce esta lógica al adoptar valores de una clase que, en realidad, lo excluye.

Para comprender cabalmente este entramado, es necesario detenerse en un concepto central: la meritocracia.

La lógica es simple: “Si mi éxito es mérito propio, el fracaso del otro es su culpa”.

La meritocracia, profundamente ligada a la globalización, refuerza la idea de que los países en desarrollo son moralmente inferiores o corruptos, justificando su explotación. Otorga derechos y privilegios a los “exitosos”, mientras responsabiliza a los “fracasados” por su situación.

Lejos de reducir la desigualdad, este ideal la legitima y la profundiza, tal como ocurría en el medioevo.

Desde la década del 90, el neoliberalismo se expandió globalmente, debilitando cualquier intento de construir estados de bienestar. Con figuras como Ronald Reagan y Margaret Thatcher, este modelo se consolidó y se replicó en distintos países. En Argentina, tuvo su máxima expresión durante el gobierno de Carlos Saúl Menem, cuyas políticas marcaron profundamente la estructura social.

La psicología social también aporta claves para entender por qué una persona puede defender un sistema que la perjudica:

  • Justificación del sistema: existe una necesidad psicológica de creer que el mundo es justo. Aceptar su injusticia genera angustia, por lo que resulta más sencillo pensar que el esfuerzo individual garantiza el éxito.
  • Aspiracionalismo: el deseo de pertenecer a un estrato superior lleva a adoptar sus valores y posiciones políticas como una forma simbólica de ascenso social.
  • Identificación con el ganador: en una sociedad que exalta el éxito, alinearse con figuras poderosas permite participar imaginariamente de ese poder.

En este contexto, el neoliberalismo ha debilitado los lazos colectivos —sindicatos, organizaciones barriales, espacios comunitarios— y ha instalado la idea del individuo como una “empresa de sí mismo”. El enemigo deja de ser quien concentra el poder y pasa a ser quien compite por los mismos recursos o recibe asistencia estatal.

El gobierno de Javier Milei, por ejemplo, sostiene que “el Estado no sirve para nada” y promueve una lógica basada exclusivamente en el esfuerzo individual, lo que implica recortes en áreas clave como la salud, la educación y la cultura.

En definitiva, el “pobre de derecha” no es un error del sistema, sino uno de sus productos más sofisticados. No se trata de falta de inteligencia, sino de una victoria cultural de las élites.

El éxito de este modelo radica en haber comprendido que la identidad, el reconocimiento y el sentido de pertenencia suelen ser más determinantes que el cálculo económico.

Para revertir esta situación, no alcanza con juzgar al votante: es necesario analizar las estructuras de alienación y los mecanismos que producen sentido en la sociedad.

José de Guardia de Ponté

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