La filiación de Javier Milei siempre fue conocida: antipopular y antinacional. Pero su identidad se ha ido develando y degradando de forma cada vez más exagerada y perversa, a medida que su conducta y sus decisiones de gobierno avanzan sin disimulo.

Las acciones de su gestión borran con el codo lo que intenta escribir con la mano, si es que escribe con la mano, porque muchas veces parece hacerlo con el “tuje”, dada una verborragia que desparrama excrementos verbales.
Desde la campaña electoral y ya en el ejercicio de la presidencia, ha recurrido a un catálogo interminable de agravios contra sus opositores: “casta política, chorros, delincuentes, parásitos, basuras, inútiles, empobrecedores, degenerados fiscales, zurdos de mierda, colectivistas, socialistas de mierda, keynesianos, berretas, econochantas, mandriles, ratas, lacras, excremento humano, mierdas humanas, corruptos, nefastos, ñoquis, ladrones, mafiosos, narcos, zurdos hijos de puta, enemigos de la libertad, cómplices, tibios y fracasados”.
Pero, además, el Presidente y sus partidarios se arrogan el monopolio de la honestidad y la moral, elevándolo a una supuesta política de Estado. Sin embargo, los hechos muestran otra cosa: los escándalos de corrupción ya superan, en volumen y gravedad mediática, incluso episodios resonantes del pasado, como los vinculados al endeudamiento durante el gobierno de Mauricio Macri y el acuerdo con el FMI.
Aun así, Milei parece convencido de que sus seguidores —intelectuales y terrenales— piensan exactamente igual que él.
Roberto Chuchuy





