En la Argentina de hoy, el silencio de las Fuerzas Armadas frente a decisiones que rozan la soberanía nacional no pasa desapercibido.

El presidente, Javier Milei, elige pararse en el Monumento a la Bandera con símbolos extranjeros, en un gesto que no es inocente: es una definición política, ideológica y geopolítica. No es un detalle menor. Es el corazón simbólico de la Nación.

¿Y entonces? ¿Dónde está la voz de quienes juraron defender la Patria?

Sabemos —y no lo negamos— que las Fuerzas Armadas no deliberan. Que la subordinación al poder civil, consagrada desde el regreso democrático con Raúl Alfonsín, es una conquista irrenunciable. Nadie con memoria quiere volver atrás.

El juramento militar no es una formalidad vacía. Es un compromiso con la bandera, con el territorio, con la soberanía. Y la soberanía no es solo un concepto militar: es dignidad política, es independencia en las decisiones, es no arrodillarse ante intereses extranjeros.

Cuando el poder político avanza en alineamientos automáticos, cuando se tensiona la identidad nacional en nombre de agendas externas, el debate no puede ser clausurado.

No se trata de pedirles a los militares que hablen; eso sería un error histórico. Se trata de preguntarnos, como sociedad, hasta dónde estamos dispuestos a ceder lo propio sin discutirlo. Porque la Patria no se defiende solo con armas: también se defiende con conciencia. Y hoy no puede estar en silencio.

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