
La situación económica es caótica y no se trata de un accidente: es un diseño. Todas las clases sociales descendieron al menos un escalón en la pirámide social, mientras el Gobierno ensaya, sin disimulo, viejas prácticas de compra de voluntades políticas. Aun así, sufrió derrotas en el Congreso. Los vínculos del poder con el narcotráfico, las estafas financieras y los negociados que rodean al presidente Javier Milei, a su entorno y a personajes como Mauricio Novelli ya no pueden esconderse bajo la alfombra mediática.
El “vivir peor” se convirtió en el rasgo esencial de esta Década Perdida y afecta al 95 % de la población. Quienes antes eran pobres hoy están directamente expulsados del sistema, sin derechos y fuera de los márgenes sociales. Los que lograron ascender a la clase media cayeron en la pobreza. La clase media histórica pelea por no ser pobre. La clase media alta sobrevive ajustándose gracias a su “colchón bancario”. Y los muy ricos, como siempre, son aún más ricos.
Este reordenamiento social brutal no es ajeno al reordenamiento macroeconómico que impulsa el Gobierno: financiarización extrema, endeudamiento externo perpetuo, ausencia de una economía real productiva y pérdida de soberanía. Un país administrado como una planilla de Excel, para el beneficio de pocos y el sufrimiento de muchos.
Por primera vez, una nueva derecha, con un representante político impredecible e impresentable, culmina su obra de demolición con un respaldo electoral significativo. Ese respaldo no legitima el daño: lo vuelve más peligroso.





