Dicen que hay noches que no se duermen: se padecen. La de Manuel Adorni fue una de esas. Una noche larga, espesa, de las que huelen a vestuario antes de salir a jugar un partido que sabés que vas perdiendo desde el minuto cero.

Frente al espejo ensayó caras: la de inocente, la de ofendido, la de “yo no fui”. Probó la sonrisa breve, medida, esa que se usa cuando la hinchada grita y hay que saludar sin comprometerse. Después, la mueca desafiante. Luego, el silencio. Volvió a empezar. Otra vez la cara.
Revisó el discurso que le escribieron. Lo corrigió. Lo actuó. Lo exageró. Lo suavizó. Pero había algo que no cerraba: esa cara.
Durmió poco, o nada. Como un jugador en la previa de un debut en primera. O peor: como quien sabe que al día siguiente no entra a la cancha, sino a declarar.
Pensó estrategias: esquivar, aguantar, contraatacar. Y, sobre todo, convencerse. Porque, como todo buen acusado, la clave es esa: creerse inocente. Repetirlo lo suficiente y, tal vez, funcione.
¿Los viajes, los hoteles, los pasajes, Aruba, Río, Madrid, Punta del Este? Todo ficción. Periodismo desestabilizador.
Y, sin embargo, el hombre común —ese que no pisa mármol— murmura otra cosa: que debería estar preso, que lo que pesa no es solo lo propio, sino lo colectivo.
Pero Adorni subió igual. Subió como quien se promete coraje antes de salir del insomnio. Subió con la seguridad impostada de un emperador de utilería.
Llegó al Congreso rodeado de protección: sonrisa aquí, guiño allá. Complicidades discretas. Conversaciones cortas. Miradas que dicen “estamos juntos en esto”. Javier Milei, desbordado como malevo de tribuna. Karina Milei, administrando silencios.
Ahora lo miran. Cientos de diputados. Cada uno sabe quién es Adorni. Y él sabe que lo saben. Ese es el verdadero problema. No el discurso. No las palabras. La mirada. Porque el cuerpo no miente: la rodilla tiembla.
No es fácil sostener el papel. Se puede gritar, sobreactuar, incluso provocar un escándalo para romper el juego. “Así no se puede seguir”, decir, y salir por la tangente. Es una vieja táctica: convertir la defensa en caos.
¿Y Milei? Sí, allí en el palco con la jefa —su hermana—, a los gritos, aplaudiendo, arengando como barra brava. Como si el Congreso fuera una cancha y no un lugar donde, al menos en teoría, se rinden cuentas.
Afuera espera otra cosa: un país más digno que sus dirigentes. Un país que no entra en ese libreto.
Y cuando bajen las escalinatas…





