La escena se repite: trabajadores pobres reclamando salarios dignos y policías, también de origen humilde, reprimiéndolos.

Las llamadas “fuerzas del orden” no son neutrales. Garantizan un tipo de orden: el de la propiedad concentrada y la rentabilidad empresaria. Cuando una reforma laboral recorta derechos, flexibiliza condiciones y debilita la negociación colectiva, el mensaje es claro: primero el mercado. Y, ante la resistencia, llegan el palo y los gases lacrimógenos.

El gobierno de Javier Milei lo dejó en evidencia: ajuste económico y endurecimiento frente a la protesta. No se trata de excesos, sino de coherencia. Es un modelo que no negocia el conflicto social: lo disciplina. Y para disciplinar, reprime.

Lo más cruel es la fractura perfecta: asalariados enfrentando a otros asalariados. Mientras tanto, los grandes grupos económicos no reciben gases ni balas de goma; reciben beneficios y desregulación.

La reforma laboral dejó expuesto de qué lado está cada sector. Y también dejó una certeza: cuando el “orden” se impone sobre los derechos, deja de ser democrático. Se convierte en una desigualdad colectiva, organizada y sostenida.

Y esa historia ya la conocemos en la Argentina: nunca termina bien.

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