La gestión de Javier Milei atraviesa su punto más delicado desde que llegó a la Casa Rosada. En la realidad, huele a algo más profundo: un deterioro acelerado que empieza a parecerse peligrosamente a la antesala de un estallido social.

Este es el peor momento de los hermanos Milei. La aprobación cayó a cerca del 33%, mientras que el rechazo trepó al 66%. Traducido: dos de cada tres argentinos ya no compran el experimento libertario. Y, peor aún, un 64% asegura que no lo votaría nunca más. Eso es más que un desgaste: es un derrumbe de confianza.

La verdad no está en las encuestas, sino en la calle. El humor social mutó. Antes, la lógica era: “me está yendo bien, que siga”. Hoy es exactamente la contraria: “me está yendo mal y me va a ir peor”. Ese cambio psicológico es dinamita pura en cualquier sociedad. Cuando la expectativa se vuelve negativa, el contrato social empieza a resquebrajarse.

La frase que se repite en todos lados —“no me alcanza la plata y ellos se la llevan”— es más que una queja: es el síntoma clásico de una crisis que deja de ser económica para volverse política y moral. Porque cuando cae el ingreso y aparece la sospecha de corrupción, la tolerancia social se evapora.

La caída del consumo es el preludio del conflicto. Menos consumo implica menos recaudación, provincias asfixiadas, salarios en riesgo y servicios esenciales tensionados. Si las provincias no pueden pagar sueldos, no hay relato que aguante. Hay conflicto. Y cuando el conflicto se generaliza, deja de ser sectorial para convertirse en integral.

El gobierno, mientras tanto, está desorientado. Perdió la centralidad mediática, ya no marca la agenda y su estilo confrontativo —que en tiempos de bonanza podía parecer audaz— hoy se vuelve torpe y contraproducente. Porque hay algo básico en política: la soberbia en las buenas se paga con debilidad en las malas. Y eso es exactamente lo que está pasando.

El panorama hacia 2027 ya empieza a dibujarse como una disputa en tercios, con un oficialismo debilitado, una oposición fragmentada pero viva y una sociedad cada vez más desencantada. Sin embargo, a corto plazo, el análisis electoral queda chico frente al problema real: la economía no funciona.

Porque el país no está discutiendo solamente quién gana la próxima elección. Está caminando al borde de un conflicto social serio. La combinación es peligrosa: crisis económica, percepción de injusticia, desgaste político y falta de respuesta efectiva. Esta película en la Argentina ya la vimos, y no termina bien.

Adelantar fondos a las provincias no es una solución: es un parche para contener una olla a presión. La conclusión es incómoda pero necesaria: la sociedad siente que el esfuerzo no alcanza y que arriba nadie pone la “jeta”. El estallido deja de ser una posibilidad: es una amenaza concreta. Y, en ese escenario, ya no se discute el fracaso del modelo económico; se discute la gobernabilidad.

Roberto Chuchuy –

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