
La Argentina que supo levantar chimeneas hoy las ve apagarse una a una. Con el esquema económico de Javier Milei y su ministro Luis Caputo, producir dejó de ser negocio. La apertura comercial indiscriminada, el dólar planchado y el crédito por las nubes vuelven más rentable traer un contenedor que encender una máquina. No conviene fabricar: conviene importar. No conviene dar trabajo: conviene especular.
El cierre de FATE no es una estadística fría. Son 902 despidos directos y más de 2.500 personas golpeadas en cadena. Cada empleo industrial que cae apaga una línea de producción y deja en penumbras al almacén del barrio, al taller, al club. Para pagar indemnizaciones habrá que vender el predio de FATE: 30 millones de dólares. La fábrica se apaga, pero el activo se reacomoda. El capital no se pierde. Quiebran las fábricas, no los empresarios.
Hubo otro país. En los ’40 y ’60, el empleo industrial pasó de casi un millón a más de un millón y medio de trabajadores. Las fábricas se multiplicaron y el salario ganó peso: la participación de los trabajadores en el ingreso nacional saltó de poco más de un tercio a casi la mitad. Cuando el salario crece, el mercado interno late. Se compran heladeras, autos, casas. Se manda a los hijos a la universidad. Esa fue la verdad incómoda: una burguesía nacional industrial hizo posible la expansión de la clase media. Hoy, a ese edificio social le ponen el último clavo.
El libreto no es nuevo. El golpe de Estado en Argentina de 1976 inauguró el patrón: tipo de cambio atrasado, importaciones baratas, tasa alta, desregulación financiera. Entre 1976 y 1983, la industria perdió más de siete puntos del PBI; el salario real se desplomó y la participación obrera cayó del 45 % a la zona del 30 %. En los ’90, con Carlos Menem y Fernando de la Rúa, la apertura y la valorización financiera empujaron la industria por debajo del 20 % del PBI y el desempleo a dos dígitos. La historia rima.
Hoy, la industria que vive del mercado interno queda en desventaja estructural: compite contra la tasa y contra el importado. El megavatio y lo exportable sí; la fábrica que abastece al barrio, no.
Ni siquiera la promesa minera alcanza. Aun en escenarios optimistas, el litio generaría entre 50.000 y 80.000 empleos en una década: relevante, pero insuficiente para un mercado laboral de más de 20 millones. No mueve el amperímetro social.





