A 46 años de la final entre Argentina y Holanda, el recuerdo del Mundial 1978 sigue marcado por la contradicción: la fiesta popular y la consagración futbolística bajo el telón de una dictadura sangrienta. El evento fue utilizado por el régimen militar como una vidriera internacional para encubrir violaciones a los derechos humanos.


El 25 de junio de 1978, Argentina se consagraba campeona del mundo por primera vez en su historia. La imagen de Daniel Passarella levantando la copa, el tercer gol de Daniel Bertoni contra Holanda, los festejos multitudinarios en el Obelisco y una lluvia de papelitos quedaban en la memoria colectiva de millones. Sin embargo, no todo era júbilo: a pocas cuadras del estadio Monumental, las Madres de Plaza de Mayo continuaban su ronda, reclamando por la desaparición de sus hijos mientras Videla y la Junta Militar celebraban el triunfo con una sonrisa en el palco.

A lo largo de los años, periodistas, escritores e investigadores han analizado aquellos 21 días de euforia nacional bajo la sombra del terrorismo de Estado. Algunos lo denominaron “El terror y la gloria” o simplemente “El Mundial de los militares”. Las organizaciones de derechos humanos, por su parte, realizaron una labor fundamental para resignificar aquel torneo como un espacio de memoria.

“La verdad histórica está profundamente condicionada por el tiempo y la memoria”, afirman investigadores. La percepción del Mundial ha cambiado: hoy se entiende que no se puede separar el evento deportivo del contexto represivo en el que se desarrolló. Entre 10 y 15 millones de personas salieron a festejar en todo el país luego del partido final, sin conocer aún —al menos masivamente— la dimensión de los crímenes cometidos por la dictadura.

El exjugador peruano José Velásquez sostuvo que al menos seis de sus compañeros habrían recibido dinero para influir en el resultado del polémico 6-0 frente a Argentina, que permitió el pase a la final. A pesar de las sospechas, la consagración fue celebrada por una multitud. La inauguración del certamen fue considerada por muchos como una de las más impactantes de la historia de los mundiales. Las ovaciones más estruendosas fueron para el «Mundial 78», «Argentina» y, años después, para la declaración de guerra por las Malvinas.

César Luis Menotti, entrenador de la Selección, logró llevar a Argentina al título pese a un contexto extremadamente adverso. Fue resistido por los altos mandos militares y los dirigentes de los grandes clubes del país, que se negaban a ceder jugadores.

Los mitos y denuncias alrededor del Mundial 78 son múltiples. Uno de los más persistentes es que fue utilizado por la dictadura como una herramienta de propaganda para ocultar las atrocidades cometidas. Paradójicamente, fue ese mismo Mundial el que permitió que las violaciones a los derechos humanos en Argentina llegaran a las tapas de los principales diarios europeos. Hasta entonces, el foco internacional estaba puesto en el caso chileno y el régimen de Pinochet.

Una anécdota poco conocida es que, en caso de que Holanda ganara la final, sus jugadores habían amenazado con no recibir la copa de manos de Videla. Para evitar una escena incómoda, se acordó que Joao Havelange, presidente de la FIFA, entregaría el trofeo.

A nivel económico, el torneo también dejó huella. Mientras que el Mundial de España 1982 costó 390 millones de dólares, en Argentina el gasto fue de 580 millones. La «casta» militar y empresarial se benefició económicamente en medio del autoritarismo.

El Mundial 78 fue, según muchos, el primer gran acto fascista del “Proceso de Reorganización Nacional”. Aunque no contó con un respaldo masivo como el fascismo europeo, funcionó como una puesta en escena para consolidar el poder de un gobierno represivo.

Hoy, más de cuatro décadas después, la memoria sigue siendo un campo de disputa. Pero lo cierto es que el fútbol, la dictadura y la lucha por la verdad y la justicia quedaron indeleblemente unidos en los días de gloria y horror de 1978.

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