por Daniela Chaya

Hoy el calendario marca un nuevo aniversario de su partida y la provincia recuerda a uno de los grandes referentes del sindicalismo y la política salteña. Pero para mí, este día no pertenece a los libros de historia. Es, simplemente, un año más sin el hombre que me enseñó el verdadero valor de caminar con la frente en alto. Hoy recuerdo a mi abuelo, Olivio Ríos.

Muchos conocieron al dirigente de voz firme que defendía a los trabajadores. Yo tuve la fortuna de crecer junto al hombre real, aquel que bajaba la guardia para convertirse en mi gran compañero de vida y en el cómplice perfecto de mis travesuras de la infancia.

Detrás de su inmensa trayectoria pública hay una huella humana que el tiempo no puede borrar.

En 1939 llegó a Salta con una maleta llena de sueños y pronto se convirtió en el motor y el alma de los obreros telefónicos en FOETRA.

En 1945, con el nacimiento del peronismo, los vecinos de la Capital lo eligieron para llevar la voz de los trabajadores a la Legislatura provincial.

Su lealtad tuvo un precio muy alto. Tras el golpe de Estado de 1955, conoció la oscuridad de la cárcel y el dolor de las torturas. En 1956, bajo la ley marcial, fue trasladado en avión a Buenos Aires con la amenaza latente de un fusilamiento. Volvió de ese infierno con el cuerpo herido, pero con el espíritu intacto.

En los años sesenta, cuando el miedo silenciaba a muchos, se enfrentó a la dictadura de Onganía para liderar la combativa CGT de los Argentinos en Salta, codo a codo con su gran amigo Julio Guillán.

La justicia llegó el 11 de marzo de 1973. El pueblo salteño premió su coherencia y lo eligió vicegobernador de la provincia, para caminar junto a otro hombre entrañable: el querido médico Miguel Ragone.

Mi abuelo vivió con una intensidad asombrosa y nos dejó a los 75 años. De él no heredé bienes materiales, sino algo mucho más valioso: la pasión por las palabras, el amor profundo por nuestra tierra salteña y el inmenso orgullo de llevar su misma sangre.

Su valentía no quedó atrapada en el pasado. Sigue viva en cada derecho conquistado, en la memoria colectiva de Salta y, sobre todo, en el abrazo cotidiano de nuestra familia.

¡Hasta siempre, abuelo querido! Tu vida es mi mayor inspiración y tu recuerdo, mi orgullo más grande.

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