El 1° de julio no es un día más. Es la fecha en la que vuelvo a sentir una ausencia que nunca terminó de irse. Es el día en que recuerdo al general Juan Domingo Perón, conductor de un movimiento que nació desde lo más profundo de nuestro pueblo y que se transformó en dignidad, justicia social y soberanía.

Escribo desde la memoria, desde mi identidad y desde una convicción que aún me acompaña. El peronismo no es solamente una doctrina política; es una forma de sentir, de pertenecer y de luchar. Es un legado que nos obliga a mantener vivo el compromiso con quienes más lo necesitan.
A 52 años de su fallecimiento, todavía me estremece el recuerdo de aquella noticia. Todavía sigo creyendo en las tres banderas que guiaron su pensamiento: la justicia social, la independencia económica y la soberanía política.
También permanece intacta la memoria del odio de quienes persiguieron nuestros símbolos, profanaron el cuerpo de Eva Perón y buscaron borrar una parte de la historia argentina. Tampoco olvido los agravios cometidos contra Perón. Pero, por encima de todo, siguen doliendo las traiciones. Porque muchas veces las heridas más profundas no vienen de los adversarios, sino de quienes se presentan como compañeros.
Perón y Evita siguen vivos. Viven en cada trabajador que defiende sus derechos, en cada jubilado que reclama una vejez digna, en cada joven que sueña con una patria más justa, inclusiva y solidaria. Porque Perón no fue solamente un presidente: fue el arquitecto de un nuevo pacto entre el Estado y su pueblo.
Sigo creyendo en la revancha de la historia. Sigo creyendo que es posible reconstruir la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación. Me niego a aceptar que la resignación sea el destino de los argentinos.
Hoy, al recordarlo, vuelven a mi memoria sus palabras:
«La verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo.»
Por eso, este 1° de julio no lo recuerdo únicamente con nostalgia. Lo recuerdo con lealtad, con gratitud y con la esperanza intacta de que los ideales que marcaron una época vuelvan a inspirar el futuro.
Porque los hombres pasan, pero las causas que nacen del corazón de un pueblo jamás mueren.





