Lo primero que sorprende al recorrer La Guaira no es lo que se ve, sino lo que ya no se percibe. Desde el sábado pasado, el olor de los cuerpos sin vida impregnaba el aire costero, obligando a quienes permanecían en la zona a utilizar tapabocas. Hoy el ambiente parece distinto. No porque el hedor haya desaparecido por completo, sino porque el cuerpo, en un mecanismo de supervivencia, comienza a normalizar el horror. La mente se adapta para seguir caminando entre las ruinas de un Estado que revive una de sus peores pesadillas.

El recorrido por Catia La Mar comienza con un silencio sepulcral. La mayoría de las construcciones yace reducida a escombros, pero lo que más impacta es la desolación de sus calles. No se escucha el ruido de la maquinaria pesada ni se observan cuadrillas oficiales retirando las toneladas de escombros. Solo quedan el vacío, la destrucción y el abandono.
Al avanzar hacia el sector Puerto Viejo, el paisaje parece extraído de una escena de la película Soy Leyenda. A ambos lados de la vía, edificios enteros colapsaron. Al levantar la vista, las torres A y B del complejo residencial Belo Horizonte, que dominaban la zona desde la cima, ya no existen.
Entre vigas retorcidas y montañas de concreto, efectivos del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC) continúan removiendo los escombros en busca de víctimas. A su lado permanecen familiares que aún conservan la esperanza de recuperar a sus seres queridos.
Durante la jornada anterior lograron rescatar con vida a una mujer y a su bebé. También sobrevivieron algunas mascotas. Sin embargo, el escenario continúa siendo dantesco. Son los propios vecinos y voluntarios quienes, con sus manos, remueven el concreto mientras denuncian la escasa presencia de las autoridades y la demora de la ayuda internacional.
Abandono institucional y miedo durante la noche
En la playa de Puerto Viejo, el pequeño negocio de comida de Andreína Márquez, de 37 años, se transformó en refugio improvisado y hasta en una parada de colectivos. Sobre una colchoneta, instalada en el piso, permanece junto a su esposo y a su hijo de apenas un año y medio.
La familia vivió el desastre desde el lugar. Presenció el derrumbe de los edificios vecinos y aún recuerda los gritos desesperados de quienes quedaron atrapados entre los escombros.
Pero la noche tampoco trae alivio. Sin alumbrado público y en medio de una oscuridad absoluta, el temor se multiplica.
«Durante la noche rondan muchos motociclistas. Yo no pude dormir porque había personas merodeando los edificios y temíamos robos», relató.
A pesar de haber perdido prácticamente todo, Andreína conserva una mirada serena.
«La vida es lo primero. Si estamos vivos, ya eso es una ganancia. Lo material se pierde y se recupera. Por eso nunca fui apegada a las cosas materiales», expresó.
El panorama es devastador. Miles de personas hacen largas filas para conseguir alimentos, muchas familias duermen a la intemperie por temor a nuevos derrumbes y la incertidumbre domina cada rincón de la ciudad.
Según datos difundidos por medios venezolanos, el saldo provisorio asciende a 1.720 personas fallecidas, más de 5.000 heridos y alrededor de 60.000 desaparecidos, cifras que reflejan la magnitud de una de las peores tragedias que golpea al país en los últimos años.





