No siempre quienes fundaron ciudades fueron ejemplos de virtud, y el caso de Hernando de Lerma lo demuestra con crudeza.

El 16 de abril de 1582 dejó su marca en la historia al fundar Salta. Pero detrás de ese acto fundacional no hubo un prócer intachable, sino un funcionario con poder… y denuncias.

Lerma formaba parte de la estructura colonial española, un hombre de la Real Audiencia de Charcas, con autoridad suficiente para decidir sobre territorios, personas y recursos. Y ese poder, según las crónicas, no siempre fue bien utilizado.

Su paso por la región estuvo marcado por conflictos, abusos y enfrentamientos. Se lo acusó de persecuciones, atropellos y de manejarse con una lógica más cercana al autoritarismo que a la organización institucional.

Las denuncias no quedaron en el aire. Escalaron. Y tuvieron consecuencias.

Hernando de Lerma fue destituido, arrestado y enviado a juicio. Terminó sus días preso en el Alto Perú, lejos del poder que alguna vez concentró. Un final que contrasta con el rol fundacional que había tenido.

La historia oficial muchas veces simplifica: habla de fundadores, de fechas y de actos heroicos. Pero, cuando se mira más de cerca, aparecen las sombras.

Y en Salta, el origen también tiene esa marca: la de un fundador que terminó preso.

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