Falleció el martes 14 de abril en Salta a los 84 años. Exdiputado nacional de la UCR, fue protagonista de una histórica defensa cultural en 1989 que evitó la criminalización de la hoja de coca.

La política salteña despide con pesar a Juan Carlos Castiella, exdiputado nacional de la Unión Cívica Radical, quien falleció el martes 14 de abril a los 84 años en la ciudad de Salta. Con más de seis décadas de militancia, su figura queda asociada no solo a la vida partidaria, sino también a una intervención histórica que trascendió lo político para inscribirse en la identidad cultural del norte argentino.
Corría 1989 y en el Congreso de la Nación se debatía la Ley de Drogas (23.737). En medio de un clima atravesado por prejuicios y desconocimiento, Castiella alzó la voz para evitar que se criminalizara el consumo de la hoja de coca, una práctica ancestral profundamente arraigada en la región andina. Su exposición, recordada hasta hoy, desarmó comparaciones simplistas que equiparaban la planta con la cocaína.
“Por miles de años los indios latinoamericanos han tenido la costumbre no de mascar coca, sino de succionar esas hojas. Esto no es otra cosa que el equivalente del café y la goma de mascar en las sociedades industrializadas”, sostuvo entonces, en una intervención que dejó en evidencia la distancia cultural entre el interior profundo y ciertos sectores del poder central.
Esa defensa no fue menor. En la puna argentina, el “coqueo” es una práctica milenaria, vinculada a lo medicinal, lo ritual y lo cotidiano. La postura de Castiella no solo evitó una criminalización injusta, sino que también significó un acto de reivindicación de las tradiciones del norte, en tiempos donde esas voces rara vez encontraban eco en el Congreso.
Pero su historia política no se limitó a ese momento. Dentro de la UCR, Castiella fue mucho más que un legislador: fue un operador fino, de los que entienden el poder en sus pliegues menos visibles. Hombre de confianza del caudillo Miguel Ángel Martínez Saravia, tenía la habilidad de traducir acuerdos políticos al lenguaje jurídico, convirtiéndose en una pieza clave en negociaciones complejas.
Quienes compartieron esos años lo recuerdan en medio de tensiones internas, cuando logró destrabar conflictos que parecían irreversibles. Fue protagonista de maniobras que evitaron sanciones dentro del partido y permitieron acuerdos impensados, en una época marcada por liderazgos fuertes y estructuras rígidas. Aquellos episodios, hoy parte del anecdotario político, hablan de un tiempo donde la rosca y la conducción definían destinos.
Castiella representaba a una generación de dirigentes que combinaban formación, oficio político y un fuerte sentido de pertenencia territorial. Su figura excedía etiquetas: era, para muchos, un hombre que defendía con claridad a “la gente sencilla”, con un lenguaje directo y una convicción firme.
Su muerte deja un vacío en la memoria política de Salta. Pero también una huella concreta: la de haber puesto en valor una práctica cultural que forma parte de la identidad del norte argentino, cuando hacerlo implicaba enfrentarse a la incomprensión.
Hoy, más allá de banderas partidarias, su legado se mide en ese gesto. En haber entendido que la política, en su mejor versión, también es defensa de la cultura, de la historia y de las raíces.





