El Día de los Trabajadores ya no incomoda al poder como antes. Hoy encuentra a buena parte del sindicalismo domesticado, administrando estructuras mientras la mitad de la clase trabajadora queda afuera.

Los números son una denuncia. En Argentina, cerca del 43% del empleo es informal. En Salta, más del 50%. Millones de trabajadores sin derechos, sin aportes, sin futuro. Y frente a esa realidad, predominan el silencio o la tibieza de quienes deberían estar al frente de la pelea.

La Confederación General del Trabajo concentra el mayor poder sindical del país, con entre 5 y 6 millones de afiliados registrados a través de sus gremios. Un número enorme, pero engañoso: representa apenas a una parte de la clase trabajadora. Afuera quedan los precarizados, los informales, los que sobreviven con changas. La CGT expresa poder, sí, pero un poder cada vez más encapsulado.

Las otras centrales, la CTA de los Trabajadores y la CTA Autónoma, nacieron como alternativa, pero tampoco lograron romper ese techo. Fragmentadas, con menor volumen, hoy tampoco representan a esa masa creciente que trabaja sin derechos.

Pero el problema no es solo de números. Es de rumbo. Donde antes había dirigentes formados en la lucha, hoy sobran candidatos. Secretarios generales que sueñan más con una banca que con un paro. Gremios que negocian más de lo que confrontan. Dirigentes que hablan en nombre de los trabajadores, pero viven cada vez más lejos de ellos.

Mientras tanto, el mundo real se deteriora: cae el empleo formal, crece el cuentapropismo forzado y aumentan los que trabajan y siguen siendo pobres. En ese escenario, el sindicalismo no logra —o no quiere— reinventarse para representar a quienes quedaron afuera.

La mística no se perdió sola: fue reemplazada por comodidad, por cálculo y por adaptación al poder. Y cuando el sindicato deja de ser una herramienta de lucha para convertirse en una estructura de administración, deja de ser parte de la solución y empieza a ser parte del problema.

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