La Argentina no vuelve una y otra vez al mismo punto. Cambian las relaciones sociales, la estructura productiva, los actores, las instituciones y las coaliciones. Quedan derrotas sedimentadas y también aprendizajes. Lo que se repite es la dificultad para construir un orden económico, social y político capaz de sostenerse como proyecto hegemónico a largo plazo.

Por eso, la discusión ya no es solamente cuánto puede durar Milei, sino qué será del posmileísmo. ¿Qué quedará de los salarios pulverizados, la concentración del ingreso, la pérdida de derechos laborales, las privatizaciones, la desregulación y la dependencia?

¿Quién administrará esa herencia y quién se animará a discutirla?

Los sectores dominantes no necesitan permanecer atados a Milei si otra fuerza puede conservar sus resultados con un lenguaje más moderado. Allí aparece el peligro de la “blairización” del peronismo: que Kicillof termine administrando, como nuevo punto de partida, aquello que ayer se denunciaba como el proyecto del adversario.

Cristina lo advirtió al cuestionar la posibilidad de un Kicillof convertido en una suerte de “versión larretista del peronismo”: una fuerza que, en lugar de confrontar con el proyecto de Milei, termine coqueteando con el centro, buscando seducir al “medio pelo” y hablando con un tono prolijo, pero sin entusiasmo popular.

El kirchnerismo, en cambio, dejó otra experiencia: desendeudamiento con el FMI, obra pública, viviendas, desarrollo tecnológico y ARSAT.

La batalla del posmileísmo será decidir qué queda y qué se impugna. Porque cambiarle el rostro a la herencia de Milei no alcanza. El desafío es impedir que su pesadilla termine convertida en el nuevo sentido común de la Argentina.

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