En los años 90, Carlos Menem sostuvo públicamente a María Julia Alsogaray, aun cuando crecían las denuncias en su contra. El eje fue doble: las polémicas privatizaciones, como ENTEL y, sobre todo, el enriquecimiento ilícito.

ALSOGARAY TERMINÓ CONDENADA EN 2004 POR NO PODER JUSTIFICAR SU PATRIMONIO.
Su caso condensó todo un clima de época: corrupción ligada al poder, exhibición de riqueza en medio de la crisis e impunidad inicial, seguida por una caída judicial. Se convirtió en la cara más visible de los excesos del menemismo.
La lógica de aquellos años fue clara: blindaje político mientras avanzaban las causas judiciales. La política primero; la Justicia, después.
Tres décadas más tarde, el gobierno de Javier Milei muestra reflejos similares. La defensa cerrada de Manuel Adorni, con Karina Milei como sostén central, marca una reacción conocida: cerrar filas y deslegitimar las críticas.
Detrás de esa reacción aparece una cultura política de lealtad extrema, donde la prioridad es sostener al funcionario propio, aun bajo presión pública.
Pero hay un elemento nuevo que complejiza el escenario: la interna del poder.
Por un lado, el armado de Karina Milei, con lógica política y control territorial. Por otro, el peso del ala económica, donde Luis Caputo aparece como figura clave. Esa tensión atraviesa decisiones y discursos, y define quién se sostiene y quién queda expuesto.
Cada defensa pública deja de ser solo institucional y se convierte en un mensaje hacia adentro del gobierno.
LA DIFERENCIA CENTRAL SIGUE SIENDO EL TIEMPO.
En el menemismo, las denuncias derivaron, después de varios años, en condenas. En el presente, el escenario todavía se encuentra en una fase inicial: denuncias, disputas políticas y ningún fallo definitivo.
Pero hay algo que se repite, ayer y hoy: cuando el poder se siente acorralado, se cierra sobre sí mismo y mide lealtades.





