El desgaste de un modelo que prometió épica y entregó ajuste es evidente. El paro de colectivos, los cortes de ruta, la inflación persistente y las denuncias de corrupción marcan un punto de inflexión que el gobierno ya no logra disimular. Todos los días aparece una nueva “agachada”.

El gobierno no tiene quién lo defienda, y la figura de Javier Milei revela su fragilidad. Sin estructura ni anclaje social, pensar en una reelección suena cada vez más lejano. Incluso la proyección de Patricia Bullrich choca con una sociedad que ya no soporta el ajuste.
La movilización del 24 de marzo fue una fuerte señal, y el conflicto del transporte le dio una certeza concreta al malestar de la gente: trabajadores pagando caro por viajar peor. No fue la oposición la que generó este reclamo. El rechazo nace del ajuste, la corrupción y la injusticia.
En una sociedad fragmentada, volvió a surgir una unidad basada en la sensación de haber sido estafados. El relato libertario empieza a resquebrajarse frente a la realidad: deudas en transporte y PAMI, servicios cortados, jubilados desprotegidos. El “déficit cero” se construyó sobre una deuda social profunda.
El gobierno se sostiene a través de su narrativa digital, y las denuncias contra Manuel Adorni son un ejemplo dentro de este esquema de crisis. Estas acusaciones lo debilitaron y dejaron al gobierno de los hermanos Milei como un oficialismo sin respuesta, sin vocería. Y para un gobierno que vive del relato, eso es letal.
La acumulación de denuncias erosiona su legitimidad. La transgresión irrita. La caída en las encuestas refleja una pérdida de confianza más profunda.
En la oposición, figuras como Mauricio Macri aparecen limitadas, mientras que en el peronismo emerge Axel Kicillof, bajo la influencia aún vigente de Cristina Fernández de Kirchner. En el radicalismo aún no aparece quien lidere. Los ensobrados son más que los estoicos.
Desplazar al oficialismo es necesario, pero no alcanza. Hará falta reconstruir un proyecto creíble que convoque a una sociedad que fue estafada y hoy llora su desencanto.
Mientras el reloj avanza con su tic tac, el tiempo corre. Y ya no hay relato que lo detenga.





